CARTA ABIERTA A LAS RELIGIONES

CARTA ABIERTA A LAS RELIGIONES

 

Estimado Sr/Sra. Religioso:

 

Mientras degustaba unos rábanos frescos, magros de textura y exquisitamente picantes al gusto, y en mi aparato de música sonaban los primeros conciertos para piano de Mozart –los cuatro primeros los compuso cuando sólo contaba diez u once años-, amables y equilibrados. Había leído recientemente varios textos de contenido religioso, y había hecho buena cantidades de anotaciones -esencialmente preguntas seminales- en sus páginas para mi buen recaudo y recuerdo. Así que decidí expresarlas y reunirlas en un texto dirigido a aquellas personas que de una u otra forma profesan alguna religión o creencia teológica o transcendentalista. Paso pues a exponer algunos cuestionamientos que anoté mientras leía.

 

No lograba atisbar el porqué el Dios judeocristiano dio existencia (creó), a su imagen y semejanza, a un Ser cuya escasa sabiduría y autocontrol le compelieron a buscar y comer del fruto del Árbol del Bien y del Mal (el Árbol de la Ciencia). Pues si la Creación que el libro del Génesis refiere hubiera sido realmente sabia y perfecta, es decir, la manifestación de un Ser Supremo sabio, perfecto y todopoderoso, ¿por qué su más acabada criatura habría de comer el fruto de tal árbol, y para qué  (o es que “la curiosidad mató al gato”, pero estamos hablando del hombre…)?.¿ Cómo un Demiurgo (Dios) podría crear algo, a su imagen y semejanza, exento de los atributos y sabiduría que lo creó?. ¿Qué intención oculta en privarle de la ciencia de ese árbol…? Cómo abandonar al hombre sin libertad (libre albedrío) , pues ¿cómo puede haber libre albedrío sin sabiduría, es decir, sin saber realmente lo que se hace?.  Es que una vez creado del polvo (barro) no sería un simple autómata inconsciente respondiendo meramente a estímulos externos e internos… ¿para qué el complejo cerebro humanos con billones de conexiones interneuronales, y la complejidad de sus pensamientos, sueños, fantasías y quimeras? Precisamente el conspicuo Spinoza refería al hombre sin sabiduría semejante a un autómata. ¿Cómo ese Dios pudo crear a un ser autoconsciente de sí mismo y a la vez exento de sabiduría, e incluso prohibirle expresamente bajo amenaza acercarse al Árbol de la Ciencia? Prima facie aspecta incluso cruel… o ¿puede el Dios judeocristiano haber en Sí el germen de la imperfección y la ignorancia…? O se trató de un experimento o juego, ignorando en su infinita sabiduría la decisión que el Ser que había creado iba a adoptar, para luego castigarle con la definitiva expulsión del Paraíso, con las terribles consecuencias (dolor, esfuerzo, sufrimiento y muerte) que tal acción le acarrearía… y entonces, habríamos de preguntarnos muy mucho sobre sus auténticas intenciones… ¿Un juego a una sola partida (si ganas paraíso, si pierdes condenación)?.

 

La moderna postura de la Iglesia Católica sobre la Teoría de la Evolución, la inaugurada por Pío XII, quien aceptó como verdaderas esta última teoría, así como la del Big Bang tras escuchar las sólidas conclusiones a las que llegó el jesuita, físico y matemático Georges Lemaître, tras los hallazgos de la expansión de Universo de E. Hubble, hace compatible la fe y los avances de la ciencia. En palabras del propio Lamaître, «El científico cristiano… sabe que todo ha sido hecho por Dios, pero sabe también que Dios no sustituye a las criaturas… Por tanto, el científico cristiano va hacia adelante libremente, con la seguridad de que su investigación no puede entrar en conflicto con su fe». Y en 1996 el Papa Juan Pablo II fue aún más lejos, afirmando que la evolución era más que una hipótesis, sino un «hecho probado con eficacia». El actual Papa Francisco recientemente se ha pronunciado al respecto afirmando que «la evolución en la naturaleza no es incompatible con la noción de creación, ya que la evolución requiere de la creación de seres capaces de evolucionar… Las teorías científicas no son incompatibles con la existencia de un creador, sino que al contrario «la requiere». Con estas premisas (posturas pastorales) podríamos hablar entonces de una suerte de creacionismo evolutivo que concebiría la aparición del ser humano como la evolución en este planeta de una especie de homínido al cual, una vez maduradas sus funciones cognitivas superiores, se le dotó, como si de un soplo divino se tratara, de un alma inmortal (juan Pablo II, en 1986, en un texto de catequesis, afirmaba que «el alma espiritual del hombre ha sido creada directamente por Dios… es posible que el cuerpo humano , siguiendo el orden impreso por el Creador en las energías de la vida, haya sido gradualmente preparado en las formas de seres vivientes anteriores. Pero el alma humana, de la que depende en definitiva la humanidad del hombre, por ser espiritual, no puede serlo de la materia.» Y el 24 de abril de 2005, Benedicto XVI zanjó definitivamente la relación evolucionismo-creacionismo, diciendo «no somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada un o es necesario.» Así expresaba su rechazo al azar como configurante de la naturaleza humana, y la reafirmación de la doctrina católica de que somos hijos de Dios, no ya mediante un acto único creador, tal cual expresa el Génesis (2:4-2:24), sino mediante un proceso evolutivo intermedio, en el que compartimos el reino animal hasta alcanzar la humanidad, dotados de un alma inmortal, que «le permitió desarrollarse de acuerdo a las propias leyes internas… de manera que cada una pueda realizarse personalmente», nos decía el Papa Francisco recientemente.

 

En fin, sin o con evolución nos hallamos frente a un alma humana inmortal dotada de libre albedrío -cuestión ésta muy puesta en la picota por las actuales neurociencias, aunque este no es lugar de entrar en ello-, y con la capacidad de realizarse personalmente. Es decir, que dado que en las religiones judeocristianas, y me estoy refiriendo a todas ellas, con independencia de cómo concibieran el advenimiento del ser humano, no atienden ideas reencarnacionistas, retornamos a lo que ya dije. Parece que nos enfrentamos, según estas religiones, a una única jugada de un juego, éste de la vida, del que desconocemos por completo su sentido. ¿Es que alguien está realmente jugando, o se entretiene viendo la partida? ¿Cómo es que algunos parten con grandes ventajas (tiempo y circunstancias, nacimiento y cuna, educación, oportunidades…), y otros con igualmente grandes handicaps? ¿Y los avatares y caprichos azarosos…? Tornemos, pues, continuando con nuestros cuestionamientos, la mirada a otras conceptualizaciones religiosas y ontológicas, que ofrezcan más oportunidades.

 

¿Cómo el Brahmán del Vedanta, en una originaria prímula de deseo  –pues el Rig-Veda (X, 129) dice: “Entonces un primer deseo apareció en la Mente Cósmica; y de ese primer deseo surgió el germen de toda la creación”-  pudo así dar existencia a seres sintientes que tanto sufrimiento, ignorancia, calamidad y dolor habrían de soportar para, simplemente, retornar a su Creador, a través de un proceso de sucesivas reencarnaciones?.  Sí, se muestra evidente: para qué tanto dolor, ignorancia y sufrimiento… Reitera el Taitiriya Upanishad: “Estos seres nacieron por Él, y después vuelven y se sumergen el Él”. El Cosmos aparece (se crea) en un sueño de Brahma, después se disuelve en cien ciclos (casi un billón de años terrestres), cuando éste despierta; y en su siguiente sueño (descanso) vuelve a soñar… La pregunta se impone, ¿por qué Brahmán pudo desear (soñar) tal cosa?. Cómo lo Absoluto, lo Único, el Sí Supremo, pudo desear, actuar de tal guisa tan lacerante para los seres sintientes; y cómo pudo ser que en tal deseo ingénito se hallara la semilla de la ignorancia, el dolor y el sufrimiento…?. ¿Otro experimento, otro juego…uno en el que han de irse superando niveles (karma, la rueda de la encarnaciones) hasta alcanzar la meta donde el Ser esté libre de adherencias mundanas y pueda integrarse en el Nirvana?

 

En respuesta metafórica a la interpretación de Copenhague de la naciente física cuántica, Albert Einstein exclamó: “Dios no juega a los dados”. Evidentemente no entendió sus planteamientos (y en realidad como dejo dicho Richard Feynman: “Creo que puedo decir con seguridad que nadie entiende la mecánica cuántica.”). Siempre existe una causalidad en la Física, ya sea esta clásica o cuántica (probabilística). ¿Qué causa última dio status de existencia a esa colosal manifestación que la Teoría Standard Cosmológica denomina Big Bang. En realidad nadie lo sabe. El falso vacío (cuántico, de punto cero), fluctuaciones cuánticas, un choque de branas (Teoría de cuerdas), un Big Bounce de un Universo anterior (con lo cual nos remontamos a algo anterior…), no tenemos ni idea, como enfatizan J.Cham y D. Whiteson en su divertido y lúcido libro (2016) intitulado de la misma manera. Afirmar que el Universo existió siempre en uno u otro estado (Materialismo o Reduccionismo duro) es una de las más atrevidas metafísicas, algo así como una cinta de Moebius impuesta ad hoc. ¿O es que esconde el reduccionismo de una inimaginable navaja de Occam, igualmente dispuesta ad hoc, para cortar en un determinado punto la Ley de causalidad, aunque esta fuera cuántica (probabilista). Eso no sería economía de hipótesis, sino hipótesis (de nuevo) ad hoc. Es decir, o dicho de otro modo, postular que la energía-materia, siempre existió y que ésta, de alguna manera (por el principio de indeterminación de Heisenberg, u otro mecanismo desconocido por el momento) es causante o semilla de universos, no es sino una tautología, y como todas ellas, requieren fe, algo de lo que, ciertamente, no están exentos (sino sobrados) algunos científicos reduccionistas como R. Dawking, S. Weinberg o L. Krauss.  A la postre, el materialismo reduccionista no es sino otra religión, que ha suplantado en la modernidad a las anteriores en los ámbitos científicos, y a veces tan intolerante como lo fuera la Iglesia cristiana renacentista con cualesquiera desviación al dogma eclesiástico establecido.

 

Retomando la corriente religiosa, esta vez en una de sus más sublimes manifestaciones, el misticismo sufí nacido en el seno, o tan sólo en el contexto islámico, por la cuna y tradición de sus personajes, nos centraremos en el concepto de faná (extinción de la individualidad del místico), de su ego como ente separado, y en su inmersión y unión con Él (que todos y ningún nombre ostenta), hasta llegar a exclamar, como lo hiciera Hallay y Enel Hak, en pleno y absoluto éxtasis: “Yo soy Dios”. Tal afirmación les supuso que rodara su cabeza cortada. Pero, realmente, así es para el místico sufí, y de tal modo lo describe el gran poeta y místico meslewi Yalal al-Din Rumi: “La gota de agua, mientras continúa siendo gota de agua, debe decir “yo soy una gota de agua”. Pero cuando cae en el mar, ya no es más una gota de agua. Debe decir “yo soy el mar”. De otra manera dijo un sufí persa, cuyo nombre no quiso que pasara a la posteridad: “He entreado dejándome fuera”, aludiendo metafóricamente a lo que el sufí concibe como eternidad tras la extinción del yo (al-Baqa´ba d al-faná). El sufí da cuenta de lo que existe como manifestación de lo no-manifestado. Otro sufí escribió: “Desde lo no-manifestado he venido, y planté mi tienda en la selva de la substancia material. He pasado a través de los reinos mineral y vegetal. Luego, mi forma sensitiva se introdujo en el reino animal. Llegado allí, pasé a través de él. Entonces, en la concha cristalina del corazón humano cultivé la gota de la mismidad en forma de una perla, y asociado con los buenos peregriné en torno de la Casa de Plegaria; y una vez cumplida esa experiencia, pasé a través. Entonces tomé el camino que conduce a Él, y me convertí en su esclavo ante su puerta. Luego desapareció la dualidad y fui absorbido en Él.”

 

Expresiones similares las podemos hallar en los escritos de místicos y místicas cristianos como Hildegarda von Bingen (s.XII), San Buenaventura (s, XIII), Meister Eckhart (s. XIII-XIV), Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz (s. XVI), y con más elocuencia y extensión en la literatura dejada por Emanuel Swedenborg (s.XVIII), con la excepción del proceso transmigratorio (reencarnación) que el sufismo toma del hinduismo, al entrar el Islam en contacto con la cultura milenaria hindú. Mas en el sufismo podemos hallar las más hermosas y sabias enseñanzas, y es capaz de aludir, con bellas metáforas a las experiencias más sublimes, desde mi punto de vista, que el ser humano puede jamás experienciar. El auténtico sheick sufí es realmente profundo en su enseñanza y pensamiento, porque llega al límite mismo de lo que al hombre atañe.

 

Y hemos arribado a la experiencia mística. Para la neurociencia reduccionista de paradigma monista materialista, tales experiencias no son más que estados mentales inducidos por conexiones neurales inusuales pero latentes en el cerebro humano, o bien fruto de la excitación de determinadas redes evocadas por inhibición sensorial prolongada, ingesta de psicoactivos, estados meditativos prolongados, o deprivación sensoperceptiva igualmente prolongada. Mas para el religioso es la ansiada meta última de comunión con el Ser supremo creador, a la que sólo es posible llegar una vez disuelto su ego en Éste. Mi cuestionamiento no es, ahora, el posible origen de tales experiencias transcendentales, que A. Maslow denominó peak experiences, y que Aldous Huxley describió en su libro Las Puertas de la Percepción (en el que alude abiertamente a sus experiencias con la mescalina). Mi pregunta va dirigida hacia los que inscriben este tipo de experiencias mentales (espirituales) a algún tipo de creencia religiosa. ¿Por qué un Ser Supremo, sabio y omnipotente creador, habría de condenar a su creación a la separación dualista, al alejamiento, incluso al aislamiento, de forma que ha de ser la criatura, cual Prometeo iluminando con su antorcha la mismísima faz de quien lo engendró?. No alcanzo a comprender la razón y/o necesidad de tal mística hazaña por parte de una criatura “abandonada” a su suerte, ni el motivo o causa de tal abandono…

 

Contemplando, ahora, los increíblemente complejos y coloristas geométricos mandalas que construyen pacientemente los monjes budistas en el suelo, para luego deshacerlos, barriendo las polícromas arenas y guijarros con los que los dibujaron, como palmaria metáfora de la impermanencia de toda obra humana y la manifiesta irrealidad de un Yo, quiero acercarme al budismo Zen, esa tan feliz síntesis del taoísmo chino y la doctrina (Dhamma) del Buda histórico del norte de la India. En él hallamos la maravilla del koan, ese gatillo disparador (potencial intersináptico de acción) hacia el Satori (estado de completa iluminación), que no consiste en otra cosa sino en la completa conscienciación del estar en el aquí y el ahora, vivir en el momento. Según esta filosofía, que no religión (al igual que el taoísmo de Lao Tse), el Buda plenamente iluminado, conocedor de todo avatar fenoménico, retornó y/o renunció al estado de Nirvana para enseñar, precisamente, a llegar a él, o simplemente por compasión por todo lo sintiente, como bodhisattva (budismo Mahayama), poniendo entonces en movimiento la Gran Rueda (Dhammachakra).  Yo, claro, no sé si existen tales bodhisattvas; el budismo theradava simplemente ignora el por qué lo hizo, es un misterio sólo al alcance de los que logran llegar al estado búdico.

 

Igualmente, ignoro si el Buda, cuya substancia aristotélica tampoco sé si es mayeútica o compasión (tradición mahayama), se suicidó espiritualmente, aboliendo todo deseo y por tanto sufrimiento, o si por el contrario alcanzó así la máxima realización que un ser humano puede obtener en esta existencia (el pico de la pirámide de Maslow). Lo cierto es que ninguno de los budismos, zen, mahayama o theravada, nos arroja luz sobre el porqué de nuestra existencia ni de la de todo lo que existe, tan sólo nos explica su naturaleza: los seres sintientes, nosotros, todas las cosas, carecen de existencia autónoma; son impermanentes y carecen de realidad intrínseca, “los fenómenos obtienen su naturaleza de su dependencia mutua, y nada son en sí mismos”  (Nagarjuna, S. III). En el Dhammapada (277-9) podemos leer: Sabbe sankhara anicca… Sabbe sankhara dukkha… Sabbe dhamma anatta” (Todos los fenómenos son impermanentes… Todos los fenómenos entrañan sufrimiento… Todo lo que existe no tiene entidad en sí misma).  Para el budismo, la vacuidad es la esencia de las cosas, la no entidad, el no Sí mismo.  Así, Nagarjuna sentencia: “Vacías las cosas aparecen; al aparecer, están vacías”. Y tal vacuidad es una potencialidad en sí misma, algo (inexpresable, inconcebible e impensable) que permite que las cosas se manifiesten ad infinitum (el mundo material y todo lo que en él existe). ¿Por qué de un mundo insustancial, impermanente, sin entidad, y preñado de sufrimiento, del que sólo a través de la fatal rueda de las encarnaciones puede evadirse el ser sintiente?, o en otras palabras, la conocida cuestión que planteó Leibniz, “¿por qué hay algo en lugar de nada? Pues la nada es más simple y más fácil que algo. Además, suponiendo que las cosas deban existir, habría que poder explicar por qué deben existir así y no de otro modo.” Y en la actualidad, trescientos años después, la cuestión de marras tiene plena vigencia, tal que ni siquiera Stephen Hawking consiguió esclarecer en su trayectoria vital, recientemente periclitada.

 

Sobre ese porqué, el Buda histórico dejó clara su postura doctrinal: su cuestionamiento era improcedente. Así se refirió a ello: “Oh, monjes, esta rueda de la existencia, este ciclo de continuidad (samsara), carece de fin, y el primer principio de las cosas que vagan y se afanan por doquier, encubiertas en ignorancia (avijja) y aherrojadas por el deseo (tanha), no se puede columbrar.” (Samyutta-nikaya, iii, 149, 151; ii 179).

 

Al fin y a la postre, ¿por qué existe lo que existe?.

 

Sartre y Nietzsche se cuestionaron el por qué de su existencia, tan vehemente y humanamente (demasiado,  parafraseando el título de éste último, Humano, demasiado humano) que el impetuoso Richard Strauss intituló la muy breve introducción a su poema sinfónico Así hablaba Zarathustra con el nombre de El Enigma del Universo, que el cineasta Stanley Kubrick tomó en 1968 como melodía iniciática de su grandiosa producción 2001: A Space Odyssey. Tanto Sartre como Nietzsche fueron lo que actualmente podríamos denominar “reduccionistas existenciales”, y ambos hubieron de concluir que el universo no tenía sentido. Personalmente, no comparto tal conclusión… me faltan datos, argumentos, nuevos descubrimientos, nuevas fronteras. Y no es por ser algo así como un “idealista hegeliano o platónico”, sino por mi convicción de que algo se nos escapa… o simplemente desconocemos.

 

En este pequeño escrito no he pretendido significar –lejos de ello, pues sólo tengo cuestionamientos, ninguna certeza-  que la ciencia reduccionista materialista (monista en terminología popperiana) postule gratuitamente y con ánimo despectivo hacia otras posturas alternativas (salvo excepciones como las posturas dawkinsianas, que incluso arremeten contra el agnosticismo, ridiculizándolo, y que me parecen a las claras de tozudo infante de primaria, y nada dignas de tener en cuenta, ya que no aportan absolutamente nada), ya que en sus propias filas son numerosos los científicos que avanzan hipótesis en las que caben muchas más alternativas. No he pretendido significar, decía, que el monje budista meditando transcienda al vacío (sunyata), o algo parecido a que el Buda transpersonalizado en bodhitsattva,  o que el sufí desmayado en profundo éxtasis de común-unión,  cumplan el castigo infligido por Zeus al atrevido semidios Faetón, pagando el precio de su mismidad en banal intento, ni que el austero yoguin vedanta libere su purusha de prakriti en una ardua volición sin sentido, ni tampoco que el monoteísta judeocristiano o musulmán alabe, rece y tema a un dios imposible…

 

En ningún modo. Las religiones, aún con clamorosas tropelías algunas de ellas, han contribuido a la civilización y al desarrollo moral y ético del ser humano; eso es incuestionable. Tan sólo he expresado mis cuestionamientos, mis porqués, desde el único ámbito que me sustenta, y del que pienso no debo apartarme, es decir, el razonamiento lógico y los conocimientos a los que ha llegado la ciencia hasta el momento –el futuro responderá muchas cuestiones…

 

Ignoro, como todos los que carecemos de una fe determinada que alumbre certezas más allá de los “porqués”, el origen y la teleología (el sentido último, si es que lo tiene) de lo-que-Existe. Y, claro está, el por qué existo y el sentido de mi existencia autoconsciente, más allá de la lectura biomolecular de un ADN transmitido por mis ancestros, y el por qué tal existencia autoconsciente se halla en un estado de palmaria imperfección. En esto no hay duda: es ignorancia pura y dura.

 

Algo se me escapa y/o está fuera de mi alcance, señores religiosos (y ya he argumentado que el ateísmo no es sino otra religión con una fe específica).

 

Aspiro a obtener sus observaciones y aportaciones a ésta mi confesada ignorancia. Y si no les supone especial molestia, para mí sería un inmenso beneficio.

 

Mario Capel Domenech
Otoño de 1984
Revisado Invierno 2021

 

Carta abierta dirigida al teólogo cristiano, judío o musulmán; al advaita vedanta; al científico o filósofo (epistemólogo) reduccionista; al sufí; al budista theradava, zen o mahayama; y a cualesquiera de buen juicio, creyente o no creyente, que a bien tenga hacerme llegar sus observaciones y aportaciones, así como hacerme patentes errores de perspectiva, enunciado o planteamiento.

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