CÓMO Y POR QUÉ PENSAMOS

Me daría por contento si consiguiésemos entender qué es un pensamiento

Rafael Yuste

Neurobiólogo Proyecto Brain y Catedrático U. de Columbia


 

¿Qué es lo que crea/fabrica/pergeña/estructura/configura los pensamientos y todo tipo de representaciones mentales fenomenológicas (empleando este término más en el sentido de cualidad emergente que en su estricto husserliano)?, así como los sueños que surgen en el proceso onírico REM.

 

Entiendo que es el “santo grial” de la neurociencia actual. La respuesta de ésta ( Michael S. Gazzaniga|, David Eagleman, Stanislas Dehaene, Francisco J. Rubia, Francisco Mora o Antonio Damasio) es que es el cerebro, obviamente, el responsable de tal actividad. Según A.Damasio, que ofrece el plus añadido de su amplio trabajo especializado sobre las emociones, el quehacer del pensamiento es “una narración que se construye incesantemente (la cursiva es suya). Esa narración surge de las circunstancias de un organismo con un perfil cerebral concreto que interactúa con el mundo que lo  rodea, el mundo de sus recuerdos pasados, y el mundo de su interior. Y esta es la esencia de los misterios que hay detrás de la consciencia.” (El Extraño Orden de las Cosas). Más adelante el autor teje un entramado que, dentro de su hipótesis secuencialista en paralelo, podría dar cuenta de la aparición de representaciones mentales.

 

El resumen de todas las hipótesis y/o explicaciones aportadas por la neurociencia contemporánea sería el siguiente: Redes, nodos y centros concretos neuronales, configurados o no en estructuras subcorticales y corticales, procesando en paralelo, y siempre en respuesta al medio exterior y sus exigencias, a las motivaciones internas del sujeto, en coalición con los recuerdos almacenados, tejerían una representación coherente (incoherente en el caso de disfunciones o enfermedades mentales) de un ser/estar en un aquí y un ahora concreto y siempre cambiante.

 

Hasta ahí llegan las neurociencias, pero en nada convencen a la filosofía contemporánea. En su conocido artículo «What Is It Like to Be a Bat (Cómo sería ser como un Murciélago, 1974)», Thomas Nagel concluye que aunque tuviéramos información exhaustiva sobre la física, química y biología fundamentales que hacen de un murciélago un murciélago, no nos aproximaríamos a la experiencia subjetiva, en primera persona, de un murciélago. Por muy detallado que fuera nuestro conocimiento material, el mundo interior del murciélago queda fuera de nuestro alcance. Y David Chalmers concluye, a este respecto, que fracasaremos irremediablemente si pretendemos tender un puente teórico, ayudados por los planos del reduccionismo, entre la experiencia mental y las partículas sin mente (La mente consciente: en busca de una teoría fundamental, 1997), por ello, y casi como una huida hacia delante, con la intención de no quebrar el paradigma científico actual, se aventura a proponer una protoconsciencia, contemplando la posibilidad de que una suerte de consciencia anide en todo tipo de partículas, ya estén ubicadas en el cerebro de un murciélago o un bate de béisbol, o un neocortex humano con el que articulamos pensamientos.

 

Y si ya es complejo y comprometido el cómo, pues cada neurocientífico ofrece su particular hipótesis, e incluso algunos dos diferentes en breve espacio de tiempo (p.ej., Michael Gazzaniga habla de “un módulo intérprete” alojado en el hemisferio izquierdo, y que sería el encargado de dar coherencia a nuestro flujo de pensamientos (M. Gazzaniga, ¿Quién manda Aquí?, 2011), mientras que en una obra posterior (El Instinto de la Consciencia, 2018) llega a la conclusión de que la consciencia es un Instinto). Surge, pues, inmediatamente la pregunta del ¿por qué? de ese incesante y, a veces, desbocado, proceso representacional consciente (pensamientos y representaciones mentales) e incosciente (onírico en este caso, sobre el que David Eagleman señala muy intencionalmente: “me gustaría recalcar que… en los círculos neorobiológicos hay muchas cosas del contenido de los sueños que siguen sin poder explicarse de ninguna manera.” (D. Eagleman, Incognito, Las vidas secretas del cerebro, 2018). ¿Qué utilidad evolutiva nos aporta, cuando sabemos, como insiste la neurociencia, cada vez con más énfasis, que más del 90% de nuestra actividad mental es inconsciente?. No sería más adaptativo procesar la información que nos es relevante de manera inconsciente, para de esta forma responder al medio con más coherencia y precisión, y evitarnos ese recurrente parlotéo interior que en nada nos beneficia, sino que, por el contrario, nos aleja del estar atentos al aquí y al ahora.

 

¿Qué motor (energético) impulsa todo ese engranaje que aboca a un pensamiento, una idea, una representación mental, un sueño…? Necesariamente un “programa” biológicamente construido en un largo proceso evolutivo, que culmina en el cerebro humano, por ese mecanismo que Richard Dawkins , en su conocida publicación del mismo nombre, denominó en 1976 el gen egoísta, que junto al principio del placer y al principio de realidad postulados por Sigmund Freud en 1911 y 15, generarían, por un proceso emergente que desconocemos, por un cambio de fase, la ilusión de un yo (ego) y el espejismo del libre albedrío de esa entidad yoica subjetiva, que experimentaría esos pensamientos y representaciones subjetivas, como burbujas que se forman en una compleja estructura cerebral estratificada que funciona por capas evolutivamente superpuestas (Gazzaniga).

 

El serio inconveniente de estas postulaciones es que esa autoprogramación programadora de pensamientos, etc., a nivel genético,  requiere de una inimaginable secuencia temporal, es decir de un lapso temporal inasumible, si atendemos a la teoría darwiniana (neodarwiniana). El propio Antonio Damasio, refiriéndose a la organización de materia autorreplicante, partiendo de simples cadenas de aminoácidos decía: “la probabilidad de que unas moléculas tan complejas (ARN y ADN) se ensamblaran espontáneamente como primer paso en la construcción de la vida era prácticamente nula.” Para más adelante decir “la materia viva se habría generado mediante una prestidigitación química” (A. Damasio, op.cit.). En otras palabras, estamos dotando de corpus operandi a algo que no sabemos cómo surgió, ni si fue primero la aparición de un algo vivo que utilizó material autorreplicante para subsistir (postura de Damasio), o viceversa. Pero ambas cosas hubieron de ser, necesariamente, simultáneas, de lo contrario no estaríamos aquí hablando de ello. Es realmente un tema opaco, confinado en eras geológicas o acontecimientos fisicocuánticos (por hacer un brindis al un sol lejano) que no están a nuestro alcance experimental, y al que sólo se le pueden aproximar argumentos especulativos o simples conjeturas (R.Dawkins,Ch. de Deuve, F.Crick, F.Dyson, S.Haldane, S.Miller y H. Urey, H.Maturana y F.Varela, e incluso la intuitiva mente de E.Schrödinger, etc.), que sólo han conseguido aventurar hipótesis no falsables (K.Popper), algunas de las cuales explican muy bien fenómenos vitales, como la autopoiesis (Maturana y Varela), por poner un ejemplo que considero sólido como hipótesis generativa, pero sin dar cuenta del fenómeno emergente (vida), que a su vez es capaz de crear otro fenómeno emergente (consciencia) ,como pantalla de proyección de pensamientos y representaciones).

 

Otra alternativa es acudir a conceptualizaciones filosóficas (metafísicas), como el conatus (Spinoza) o la voluntad en la naturaleza (Schopenhauer) que Nietzsche humanizaría en su voluntad de poder. Ese motor al que aludíamos, responsable en última instancia de la construcción de pensamientos y representaciones mentales, estaría impulsado por ese principio vital, la Voluntad, el conatus (fuerza vital), que obligaría a la mente y a su soporte material, el cerebro, a la constante mejora de las aptitudes, mejorando el medio en el que se desenvuelve la existencia, alcanzando continuamente mayores grados de perfeccionamiento y adaptación (evolutiva). Estos son constructos metafísicos, pero no más atrevidos que los que actualmente ofrece la neurobiología sobre el origen de la vida o de la consciencia. Pero, de nuevo, nos preguntamos por la razón evolutiva del incesante flujo de pensamientos que añublan nuestra vigilia.

 

¿No estará esa razón inextricablemente entretejida con el lenguaje?. El psicoanalista J. Lacan, creador de la escuela psicoanalítica estructuralista francesa, que centró buena parte de su investigación analítica en el estudio del lenguaje, desde la concepción del sujeto como ser tripartito, enclavado en los órdenes simbólico, imaginario y real, postulaba insistentemente que el hombre es un ser hablado, “el sujeto no habla, sino que es hablado (por el inconsciente)” (Escritos I, Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, 1966), incluso afirmó que “la estructura del inconsciente es similar a un lenguaje…El hombre habla pues, pero es porque el símbolo lo ha hecho hombre.” (ibid.). Y, si atendemos a las hipótesis aportadas por la lingüística, la psicología evolutiva, y el filósofo estadounidense J.A.Fodor  (El Lenguaje del Pensamiento, 1985), el lenguaje no sería otra cosa que una estructura innata al servicio de la integración en la comunidad parlante (N. Chomsky) y la primera adquisición social (L.Vygotsky) que nos permitiría interactuar con el medio social y relacionarnos con él, y el pensamiento una interiorización mental (cognitiva) del lenguaje, sin manifestación externa en forma de vocalizaciones. El psicólogo y lingüista S. Pinker, basándose en el descubrimiento de unos genes aparentemente específico del lenguaje como el denominado (FOXP2), concibe al lenguaje como el producto de la complejidad cerebral, cuyo surgimiento constituiría una mejora evolutiva de supervivencia grupal cooperativa ( El instinto del Lenguaje, 1994).

 

Muy probablemente, el pensamientos no sea otra cosa que lenguaje interiorizado. Pero continúa manteniéndose la inconsistencia de su función. ¿Anticipación?, ¿Elaboración?… de consuno con los recuerdos almacenados, o más bien, ¿una activación subjetiva de las redes neuronales responsables de los contenidos mnemónicos con el único fin de… cavilar…pasar el rato…atormentarnos, quizás?.

 

En conclusión, se nos aleja la comprensión fáctica del cómo y el por qué de ese incombustible ir y venir de nuestra mente, los incesantes pensamientos, y por mor de ellos, tantos fallos, olvidos, inexactitudes, confusiones, y distracciones, esa perniciosa desatención del proverbio “no te preocupes, ¡ocúpate!”, que hacen que la vida y subsistencia sea más complicada. ¿Por qué no dejar todo en manos del inconsciente y el instinto?. Y por fin, y lo que resulta aún más espinoso, ¿quién discursa impenitentemente, quién nos habla dentro de nuestro cerebro, por qué lo hace…?. Si pensar es una suerte de “hablar consigo mismo”, ¿quién habla y quién escucha, quién pregunta y quién contesta, quién debate… es un monólogo… quién alza el susurro que despierta nuestro delicioso stand by?. ¿No habíamos concluido, junto con la neurobiología moderna, que no hay homúnculos (excepto la metáfora posicional sensomotora de Penfield) dentro de nuestra cabeza, y que el yo(ego), así como el libre albedrío, son sólo ilusiones, constructos vacuos sin entidad y/o soporte neural, o hemos de acogernos a la ocurrencia de Pink Floyd (hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo…”?

 

 

 

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