EN ÚLTIMA INSTANCIA, TODO ES AZAR

Nada hay más aleatorio en nuestro humano ser que el pensamiento (o proceso de representación mental). Como psicólogo he abordado su estudio desde todas las perspectivas que lo han observado, desde el estricto conductismo skinneriano a las vanguardistas concepciones que desde la cuántica, autores como Roger Penrose, Anton Zeilinger o Henry Stapp han avanzado sobre la actividad mental.

 

Tengo bien presente cuando en el Centro de Retiro y Meditación budista O Sel Ling nos sentábamos en la postura de Padmasana para meditar en el verano del 86. La meditación budista consiste esencialmente en vaciar la mente de todo contenido, por medio de la práctica del Vipassana (técnica de meditación que utilizó el Buda histórico para alcanzar la iluminación),  con la atención puesta exclusivamente en el proceso de inhalar y exhalar. Era prácticamente imposible mantener la “mente vacía” por un lapso de tiempo satisfactorio a tal efecto. Surgían pensamientos de toda índole (inoportunos, absurdos, irrelevantes, caprichosos, sorpresivos, audaces, molestos…). Y aún siguiendo la recomendación de la monja monitora de bolearlos con una raqueta, como si de pelotas de tenis se trataran, continuaban inoportunos asaltando mi mente. Y es que, como dejó dicho el Buda Sakyamuni, “la mente es como un mono enloquecido que va de rama en rama, sin intención alguna de asentarse calmo en ninguna rama”.

 

De hecho, recientemente se ha observado con técnicas de neuroimagen, que el cerebro, lejos de descansar cuando nos hallamos en reposo, ocioso y sin estímulos externos que eliciten respuestas cognitivas, es decir, cuando nos hallamos cerca del sueño sin ensueños, pensando en las en las batuecas, ensimismados, divagando sin rumbo alguno, desarrolla una ingente actividad en la que intervienen diversas áreas cerebrales. Esto lo advirtió por primera vez el neurocientífico Marcus Raichle en 1990; a partir de entonces este fenómeno se ha estudiado de diversas formas. Recientemente, el equipo de Andreas Horn, del Instituto Max Plank para la Investigación del Desarrollo Humano de Berlín, escanearon el cerebro de 13 sujetos mediante tomografía por resonancia magnética, rastreando más de 40.000 conexiones entre regiones cerebrales, observando que estas Redes Neuronales por Defecto (RND) utilizan conexiones más directas en comparación con estados de atención y vigilia activa, lo que equivale a postular que en “modo automático” el cerebro se las arregla para funcionar en solitario y con más eficacia y actividad  que cuando se le requiere una tarea concreta. Esto nos lleva a una clara conclusión: nuestra mente no está diseñada para quedarse “en blanco”, por el contrario, cuando nos hallamos en reposo, sin tarea alguna que requiera nuestra atención, ésta parece tener una intensa “vida privada”, cuya actividad es incluso superior a cuando está trabajando sobre algo en cuestión. En resumen, divagar abstraídos, ir de rama en rama, de pensamiento (representación mental) en pensamiento, es precisamente lo propio de nuestros cerebros cuando no se les exige concentrarse en una tarea concreta.

 

Y ese incesante ir de rama en rama es un proceso aleatorio, no regido por leyes físicas deterministas. Durante una actividad cerebral, los patrones electromagnéticos de miles de millones de neuronas cambian cada milisegundo dentro de redes neuronales especializadas. Y eso no es todo, si añadimos las recientemente estudiadas conexiones (sinapsis) eléctricas, diferentes de las químicas, en donde se liberan neurotransmisores que propician la apertura de canales iónicos de comunicación, las sinapsis eléctricas, muy difíciles de detectar incluso con el microscopio electrónico, permiten un flujo de iones directo y bidireccional entre dos neuronas conectadas, de modo que, concluye Georg Ammer, uno de los componentes del equipo de investigación en el Instituto Max Plank para la Inteligencia Biológica (Abril, 2022), “estas sinapsis también deberían integrarse en los estudios del conectoma (mapa de todas las conexiones neurales)”.

 

Y esto, realmente, nos acerca muy mucho a la cuántica, como apunta en neurobiólogo Herms Romijn, quien propone que los campos eléctricos y magnéticos en constante flujo que producen las redes neuronales (él adelanta la hipótesis de fotones, incluso virtuales), “pueden ser considerados como un fenómeno biológico de coherencia cuántica, gracias a sus características autoorganizativas”, hipótesis muy cercana a la adelantada por el Nobel en física Sir Roger Penrose en su artículo, en colaboración con el anestesista americano Stuart Hameroff, cuyo título es del todo elocuente, “Orchestrated Reduction of Quantum Coherence in Brain Microtubules, 1995”, valga sólo añadir que los microtúbulos  son estructuras cilíndricas huecas nanométricas, presentes en las células neurales, que contribuyen a sostener la estructura celular, y dado sus dimensiones, según los autores citados, podrían sustentar fenomenología cuántica. En esta misma dirección apunta el profesor de Ciencia de la Información Cuántica en Oxford, Vlatko Vedral, cuando adelanta que “tal vez la computación cuántica es tan ubicua que tiene lugar en todas las células vivas…la teoría cuántica puede ser necesaria en el fundamento mismo de la vida”. (Descodificando la Realidad, 2010).

 

Así pues, en el surgimiento de una representación mental (pensamientos) pueden confluir una cantidad tan enorme de conexiones neurales, conexiones incluso entrelazadas y hasta implicar fenomenología cuántica (representadas por funciones de onda que describen la ecuación de Schrödinger, cuyo comportamiento es esencialmente probabilístico), lo que nos aboca a una conclusión ineludible, es decir, los procesos que generan pensamientos son necesariamente aleatorios. Y aunque un obstinado determinismo convenga en que todo es un proceso causal, y la ley de “causa-efecto” es insoslayable, aún y así hemos de atenernos estrictamente a la fenomenología que acontece, ya que, como concluyó de forma concisa el estadístico y matemático ruso Andrei Kolmogórov, respecto a la multicausalidad combinada e interconectada que se observa en los fenómenos naturales,  “cuando la regla es tan complicada como el resultado que necesita producir, entonces el resultado tiene que considerarse complejo, o dicho de otro modo, aleatorio”.

 

¿Quién podría predecir el itinerario y acciones que un desafortunado perro callejero realizará durante una jornada, o la trayectoria del vuelo de una mosca inquieta? Dependerían ambos eventos de una ingente e imprevisible cantidad de acontecimientos derivados del medio exterior y de la complejidad y eventualidad del sistema “estímulo-respuesta” de los animales mencionados, que sólo en rigurosas y muy concretas situaciones experimentales controladas se pueden medir con cierta exactitud. Es decir, nos hallamos ante fenómenos absolutamente impredecibles, lo que equivale a aceptar que son completamente aleatorios en lo que al resultado se refiere. Como concluye Vedral (op.cit.), “…la aleatoriedad es inherente al Universo, y en consecuencia tiene que formar parte de cualquier descripción física de la realidad.”

 

Y es que, en definitiva, nosotros somos hijos del mero azar genético y epigenético, que se fraguó desde cientos de generaciones precedentes; tanto nuestro “aquí” como nuestro “como”, son productos del azar. Incluso, procesos cuánticos como el efecto túnel pueden causar mutaciones en el ADN, como ha demostrado muy recientemente un equipo de la Universidad de Surrey (An open quantum systems approach to proton tunelling in DNA, 2022). Igualmente lo es la Historia de la humanidad. Si Adolf Hitler hubiera dispuesto del arma atómica porque la fórmula (E=mc2) de Einstein se hubiera fraguado en suelo nazi, el mundo que conocemos sería completamente diferente, y las democracias que mal que bien son el baluarte de nuestros derechos no existirían, y el miedo y la férrea disciplina cercenarían cualquiera libertades. Algo así lo noveló el genial y visionario escritor de relatos de ciencia-ficción Philip K. Dick en su novela El Hombre en el Castillo, donde el resultado de la II Guerra Mundial fue diferente al que conocemos. Igual si Anibal hubiera derrotado al Imperio Romano entrando en la ciudad de Roma, o si Napoleón no hubiera perdido la batalla de Waterloo por la inesperada llegada de las tropas de Blücher en contra de las previsiones del sanguinario Bonaparte. Y cada cual puede pensar en la Historia de su país, e imaginar desenlaces, totalmente coherentes y realistas, diferentes a los que nos han traído a donde estamos.

 

Lo mismo podemos decir del planeta que habitamos, del sistema solar que nos alberga o de la galaxia que dio forma a éste. No estaríamos, muy probablemente aquí hablando de estas cosas si un protoplaneta del tamaño de marte (Tea) no hubiera colisionado con la Tierra primitiva en formación hace unos 4.500 millones de años, formándose la Luna con su disco de escombros, que con su acoplamiento de marea contiene las mareas y evita que oscilemos, lo que (ambas cosas) harían poco probable la evolución de la vida en nuestro planeta tal y como la conocemos.

 

Fenómenos igualmente caóticos configuraron nuestro sistema solar, nuestra galaxia, etc., hasta los mismos comienzos del Universo observable (una fluctuación cuántica – lo más aleatorio, ciertamente, que imaginarse pueda-  en un falso vacío, según la Teoría Standard), con las leyes y parámetros de las constantes físicas que por el momento conocemos. Esto nos lleva al conocido Principio Antrópico (si no hubiera sido así, no estaríamos aquí para describirlo), que no trataremos aquí, y a la Teoría del Caos, con la peculiaridad del llamado efecto mariposa, como lo insinuó Edward Lorenz, un meteorólogo que trabajaba para el MIT, y que fue el el creador de dicha teoría, en su conocido artículo de 1972 “Previsibilidad: ¿debe el aleteo de una mariposa en Brasil originar un tornado en Texas?”

 

Lorenz descubrió, accidentalmente, un fenómeno que fue el basamento de la Teoría del Caos. Hizo una predicciones meteorológicas, manejando variables como la temperatura, presión atmosférica, humedad, dirección y fuerza del viento, etc. y las introdujo, con sus respectivos valores estimados, en su ordenador. Y cuál fue su sorpresa cuando, volviendo a introducir los datos para verificar los resultados en su mismo ordenador, obtuvo una previsión metereológica completamente diferente. ¿Dónde estaba el error?. No se tratabe de ningún  error, sino de que el ordenador había redondeado ciertos datos, restando algunos decimales. Es decir, ¡la diferencia de pocos decimales en sistemas de ecuaciones dinámicos no lineales, ocasionaban resultados drásticamente distintos! Esto dio origen a la mencionada teoría, que se extendió a otras ramas de la ciencia, como la biología, la física, matemáticas o ciencias sociales, causando una auténtica revolución, hasta el punto que Kerry Emanuel, profesor de ciencias atmosféricas del MIT, llegó a decir que “Al demostrar que ciertos sistemas deterministas tienen límites formales en la previsibilidad, puso el último clavo en el ataúd del universo cartesiano, fomentando lo que algunos han llamado la tercera revolución científica del siglo XX, siguiendo los talones de la Relatividad y la Física Cuántica”.

 

Así, cuando un sistema es sensible a pequeños cambios se dice de él que es caótico. Mas los deterministas argumentan que aún en los sistemas caóticos existen patrones (atractores) que pueden ser determinados en cierta medida. Pero eso es sólo una ilusión. Volviendo a nuestra aseveración del comienzo, imagínense el lector la ingente cantidad de variables que pueden influir en lo que pensaremos en un minuto, desde las puramente electrofisiológicas, las derivadas de nuestras pulsiones inconscientes, recuerdos, emociones, etc., las propio e interoceptivas emanadas de nuestro estado psicofísico, o las suministradas por el cambiante medio exterior. ¡Absolutamente impredecible!

 

Hemos pues de conformarnos con acudir a conceptos como “grado de predictibilidad”, o simplemente a la “probabilidad” de que un suceso acontezca. Pero nunca P será igual a uno (P=1), ya que en algún momento el mero azar o la intervención de otros factores acontecerá, decreciendo el valor de 1. P=1 sólo y exclusivamente en condiciones experimentales controladas rigurosamente, en espacios de tiempo muy cortos donde la relación causa-efecto pueda darse con absoluta certeza. Pero el Universo (mundo) no es así, y mucho menos aún lo es la vida. Nos quedamos, pues, con la sentencia atribuída a Niels Bohr, “es difícil hacer predicciones, especialmente si es sobre el futuro”. Y es que, en última instancia, todo es azar, y toda predicción conlleva un margen de error, que en el caso de los seres vivos, y especialmente de la actividad cognitiva de la especie humana, es tan elevada, que el concepto de predictibilidad deja de tener sentido, para dar paso a lo que Schrödinger quiso manifestar con su función de onda, es decir, hasta que no se realiza una medición u observación (colapso de la función de onda) sólo existe una onda de probabilidad,

y ya en su libro ¿Qué es la Vida? De 1944 dejó patente su convencimiento de que la Mecánica Cuántica puede desempeñar un papel muy importante en los sistemas vivos.

 

 

 

 

 

 

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