POR QUÉ EL LIBRE ALBEDRÍO NECESARIAMENTE EXISTE

Actualmente parece existir un consenso negacionista, si bien, claro está, no unánimemente compartido dentro del ámbito de la física teórica, de las ciencias computacionales y desarrollos en IA, y de las neurociencias, en contra de la noción de libre albedrío o libertad humana, ya eventualmente relegada al campo de la filosofía (que no epistemología). Así, el profesor de Física y Matemáticas de la Universidad de Columbia, Brian Greene, uno de los teóricos más destacados de la Teoría de Cuerdas por sus impecables y abundantes publicaciones sobre cosmología e implicaciones de la física en todos los ámbitos, resume así la cuestión desde el punto de vista de la física: “Nuestras elecciones “parecen” libres porque no somos testigos de la acción de las leyes de la física en su forma más fundamental… nuestros pensamientos y comportamientos no son más que complejos procesos de partículas en movimiento que producen una poderosa sensación de voluntad libre, pero en realidad están totalmente gobernados por la ley física” (Hasta el Final del Tiempo. 2020). Similares argumentaciones emergen de las teorías computacionales, para las que el ser humano tan sólo sería un sofisticado programa biológico, determinado por un código genético y una secuencia de algoritmos derivados del aprendizaje y almacenamiento mnemónico.

 

Desde mi perspectiva, la de un psicólogo y psicoanalista ejercitado durante toda una trayectoria profesional en el intento de comprensión de las conductas, emociones, sentimientos y expectativas del ser humano, tales concepciones se me aparecen simplificaciones naïve, si no simplista, producto del paradigma reduccionista monista imperante en la ciencia moderna. El comportamiento humano es irreductible a la mera prestidigitación de trillones de partículas subatómicas, entre otros motivos porque, inevitablemente, nos toparíamos con la teoría del caos (sensibilidad extrema a pequeños cambios en las condiciones iniciales; el llamado efecto mariposa, o como dejó dicho ya en 1898 el profesor W.S. Franklin, refiriéndose a los efectos que los movimientos migratorios de los insectos podrían tener sobre el clima: “el vuelo de un saltamontes en Montana ¡puede desatar una tormenta desde Filadelfia hasta Nueva York!”). Y en palabras del matemático y divulgador científico Marcus du Sautoy, “como nunca podemos tener un conocimiento perfecto del presente, la teoría del caos nos deniega el acceso al futuro” (Lo que no podemos saber, 2016).

 

Las consideraciones precedentes sobre la Teoría del Caos, como la denominó Rob May en 1976, basándose en las conocidas ecuaciones de Lorenz que pretendían predecir el tiempo atmosférico, invalidarían por completo las concepciones deterministas mecanicistas de las teorías computacionales. No podría existir jamás programa o algoritmo alguno que predijera las acciones de seres compuestos por tan ingente cantidad de átomos y estructuras moleculares tan enormemente complejas, hasta configurar un tan sofisticado conectoma neural capaz de llegar a la consciencia. En argot anflosajón, the devil is in the datails. Esos “complejos procesos de partículas en movimiento”, como pretenden simplificar los físicos reductivos, conllevan la implicación  conjunta y orquestada (el por qué o el cómo es otra cuestión que no trataremos aquí) de sistemas altamente especializados y complejos, como la atención, la percepción, la actitud, la aptitud, la sensación, las emociones, la memoria, y la cognición, todos ellos procesamientos cerebrales intervinientes en la toma de decisiones, que a su vez ésta constituye un proceso dinámico, homeostático con el entorno o medioambiente, en el que el ensayo y error, la retroalimentación y la constante toma de decisiones sobre alternativas emergentes complica el proceso hasta límites que por el momento nos son totalmente inabarcables y menos aún computables mediante algoritmos. Y si bien todos tienen un correlato físico, bioeléctrico y neuroquímico, es de todo punto impensable que el sujeto de tales fenómenos neuropsíquicos sea una mero “espectador” pasivo y sin eso que Schopenhauer, partiendo de Platón, Kant  Berkeley y Hume, denominó como realidad última, la Voluntad (El mundo como voluntad y representación, 1819). No entraré aquí en conceptualizaciones filosóficas, sólo decir que sin la voluntad no es concebible la humanidad del ser humano. Desde Platón hasta Nietzsche o Jaspers, la capacidad de elección, por muy mediatizada y constreñida que esta estuviera, es el leitmotiv del estudio y atención filosófica sobre el  humano. Después de todo, como dejó dicho Martin Heidegger “la libertad es la única que puede lograr que el mundo se haga mundo para el Dasein (el Ser-ahí, el modo de ser-estar del ser humano) (El Ser y el Tiempo, 1927).

 

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Pero es más sofisticada, si bien miope en cuanto a perspectiva y falsa, como veremos más adelante, la argumentación que esgrime una muy buena parte de la neurociencia para negar la propia existencia del libre albedrío y la libertad de acción humana. La piedra angular del razonamiento se instala en los experimentos con sujetos conscientes que realizó el sicólogo de la Universidad de California, Benjamin Libet, estimulando eléctricamente la superficie cortical del cerebro donde se halla representada la mano (homúnculo motor de Penfield) en pacientes despiertos, y que publicó en la revista Brain en 1979. Entonces observó que existía un lapso temporal entre el estímulo eléctrico sobre la corteza cerebral y el momento en el que el sujeto manifestaba ser consciente de la correspondiente sensación en su mano. Sólo se trataba de mover la mano. Perfeccionando su técnica con mediciones más precisas y registros EEG años más tarde (Brain, 1983), y poniendo como tarea a los sujetos experimentales la pulsación de un botón (tecla) con el dedo índice de la mano derecha, mientras se registraba simultáneamente el área responsable de tal movimiento en la corteza cerebral, Libet observó que cada movimiento del dedo del sujeto era precedido de un lapso temporal (que se denominó potencial de preparación) que comenzaba a registrarse en el EEG unos 800 milisegundos antes de que se produjera el movimiento del dedo. Ante esta dilación, Libet introdujo una modificación, diciendo a los sujetos que en vez de mover el dedo de forma puntual y automática, lo hicieran tantas veces como quisieran y cuando simplemente sintieran ganas de hacerlo “libremente”. En estas circunstancias, el potencial de preparación descendió a 600 milésimas de segundo. Es decir, Libet podía predecir, antes que el sujeto experimental, el movimiento que iría a realizar. La conclusión parecía obvia: Las decisiones, aparentemente conscientes, realmente se inician en el cerebro inconsciente, y es tras el inicio de estos mecanismos inconscientes, e inmediatamente antes de que la propia acción se lleve a cabo, cuando emerge la consciencia de la acción. Esto, aparentemente, daría al traste con la concepción tradicional humanista del libre albedrío, ya que en realidad las decisiones son tomadas en instancias inconscientes, y no en el estado de consciencia.

 

A esta interpretación de sus experimentos, Libet, convencido de que en el ser humano radicaba una cierta capacidad de “libre elección”, respondió que sería perfectamente posible que la consciencia pudiera dar paso o no a la orden inconsciente de pulsar el botón, es decir, la consciencia no tendría, en principio, voto, pero sí veto.

 

Estos experimentos han sido repetidos con técnicas más sofisticadas, como la resonancia magnética funcional (fMRI), y añadiendo una opción más, esto es, ofreciendo la posibilidad de separar la elección mediante la alternativa de dos botones (derecho e izquierdo) en vez de uno solo. Concretamente, John-Dylan Haynes, psicólogo e investigador cognitivo angloalemán, llevó a cabo en 2008, con un equipo de colaboradores, en el Instituto Max Plank de Ciencias Cognitivas y Neurología de Leipzig, una serie de experimentos que pusieron de manifiesto que mediante el registro de la actividad de una región concreta de la corteza frontal (la Brodmann 10), era posible detectar el contenido de una “decisión” unos 10 segundos antes de que tal decisión llegue a la consciencia. Es decir, el cerebro actuaría bastante antes (diez segundos es muchísimo tiempo…) de que el sujeto sea consciente de tal actuación. O lo que es lo  mismo, en el instante en que el sujeto cree tomar efectivamente una “decisión”, ésta en realidad ya estaba determinada diez segundos antes. Haynes dio a conocer sus hallazgos en la prestigiosa publicación Nature Neuroscience, con el desafiante título “Unconscious determinants of free decisions in the human brain” (sobra la traducción por lo explícito).

 

A este respecto, el gran investigador californiano Michael S. Gazzaniga, pionero, junto con R.W. Sperry, de los importantes descubrimientos sobre la división de la consciencia en cerebros con el cuerpo calloso (formado por unos 200 millones de fibras nerviosas que interconectan los dos hemisferios cerebrales) seccionado (comisurotomía), exclama: “Las implicaciones son asombrosas. Si las acciones se inician inconscientemente, antes de que seamos conscientes del deseo de ejecutarlas, queda descartado el papel causal de la consciencia. La volición consciente, la idea de que uno desea que suceda una acción, es una ilusión” (¿Quién manda aquí? El Libre albedrío y la ciencia del cerebro, 2011).

 

En nuestro país, el destacado investigador neurocientífico, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, y especializado en la fisiología del sistema nervioso, Francisco José Rubia Vila, precisamente basándose especialmente en los citados experimentos de Libet et al., se pronuncia rotundamente en contra de la posibilidad de la existencia de algo parecido a un libre albedrío, y al concepto filosófico de la libertad en el hombre, dedicando a ello especialmente un libro, que publicó en 2009, El Fantasma de la Libertad: Datos de la Revolución Neurocientífica (Drakontos), título impuesto por la editorial, como manifestó en Conferencia en el Colegio Libre de Eméritos , ya que él propuso otro título: El Fantasma de la “Falta” de Libertad.

 

Esta concepción, denominada paradigma de Libet, ha sufrido una drástica corrección recientemente, tras los resultados experimentales realizados dentro de tal contexto en el Laboratorio Andersen del Caltech (Instituto Tecnológico de California), publicados en la revista Current Biology por el equipo de Tyson Aflalo (T. Aflalo et al.,Mecanismos Implícitos de Intención, 2022), que en el T&C BMI Center desarrolla interfaces cerebro-máquina para prótesis neurales destinadas a sujetos que han perdido habilidades motoras. En tal publicación, describen minuciosamente como analizando señales de la corteza parietal posterior (PPC) de una sujeto (pianista que tras sufrir un accidente quedó tetrapléjica e incapacitada para e tocar su instrumento) con un implante (interfaz) ad hoc para poder tocar el piano con sólo su cerebro, obtuvieron hallazgos que contradicen la tradicional concepción del paradigma de Libet. Resumidamente, reportan que “nuestros resultados desafían las interpretaciones tradicionales de la actividad «preconsciente» al demostrar que las respuestas de la población neuronal que surgen antes de que el participante elija iniciar el movimiento, surgen debido a la elección del participante de realizar la tarea”. Es decir, que inconscientemente, o en palabras de ellos, en la instancia “preconsciente”, se halla ya estructurada la trama neural para realizar la acción cuando el sujeto lo decida voluntaria y conscientemente. En otras palabras, el sujeto experimental prepara su cerebro para realizar funciones motoras, pero no las realiza a nivel neural motor hasta que conscientemente no lo decida, lo que equivale a decir que el sujeto tiene el libre albedrío de ejecutar o no la acción; en palabras de Aflalo y colaboradores, la decisión fundamental se produce cuando el cerebro se autoconfigura para realizar un movimiento en el futuro”.

 

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Abandonando el paradigma Libet, una postura mucho más prudente la podemos encontrar en neurocientíficos de más reciente formación y con amplia experiencia en procesos cerebrales complejos y trabajando con técnicas altamente sofisticadas que amplían en gran medida las perspectivas epistemológicas, como David Eagleman, autor de best sellers de divulgación de la investigación actual en neurociencia y las implicaciones éticas y psicosociales de ésta, director del Laboratorio de Percepción y Acción y de la Iniciativa sobre Neurociencia y Derecho del Baylor College of Medicine. Éste se muestra altamente escéptico respecto a las posturas reductivas extremas al respecto, manifestando que “En el momento actual, la neurociencia todavía no ha ideado un experimento perfecto que descarte del todo la existencia del libre albedrío…La buena noticia es que la inmensa complejidad del cerebro significa que, en realidad, no hay nada predecible” (El Cerebro. Nuestra Historia, 2015). Ciertamente, la “impredecibilidad” es el atributo esencial, en última instancia, de las actuaciones, pensamientos y voliciones humanas, si bien, como abundaremos más adelante, altamente constreñidas por los condicionamientos tanto internos como externos al individuo.

 

Desde otra disciplina,  y aludiendo a los experimentos citados de Benjamin Libet et al., ha sido recientemente el influyente filósofo Daniel Dennett quien ha terciado por la realidad, restringida eso sí, del libre albedrío, identificando al Yo con la actividad cerebral en su conjunto y, dentro del contexto evolucionista darwinista, del que es gran defensor y teórico, y proponiendo que este Yo es un producto último de la evolución que nos provee de libertad de “escoger cursos de acción” en respuesta a un medio cambiante, incrementando el repertorio conductual del individuo. Así, la evolución ha dotado sólo a algunos organismos muy avanzados evolutivamente de la capacidad de ser conscientes de sus propios procesos de evaluación de alternativas y posibilidades, derivadas del aprendizaje conductual. Y esa capacidad de ser conscientes sería, según este filósofo, producto del desarrollo, cada vez más sofisticado, de un lenguaje. Así, “sólo cuando una criatura comienza a desarrollar la actividad comunicativa, y en particular la comunicación de sus planes y acciones, puede esperarse que tenga alguna capacidad de contemplar no sólo los resultados de sus acciones, sino también sus evaluaciones previas y la formación de sus intenciones.” (La Evolución de la Libertad, 2004). Esta concepción, ya adelantada por Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus (1921), en donde insiste en una suerte de “isomorfismo” entre realidad y lenguaje, de forma que la realidad estaría limitada por el lenguaje (“los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”), y también muy arraigada en la tradición psicológico-cognitivista y lingüista anglosajona (pensamiento-consciencia = lenguaje), sobre la emergencia de la capacidad consciente (consciencia), no tiene más inconveniente, y no es baladí, que la exclusión de organismos biológicos (animales) como las abejas y las hormigas entre otros a los que no atribuiríamos la capacidad de organizar, estructurar y manejar “pensamientos”, y que, como la biología actual ha puesto de manifiesto palmariamente, se comunican de forma altamente sofisticada mediante feromonas, danzas, tocamientos corporales (sobre todo de antenas), movimientos estereotipados, etc., de la posibilidad de detentar una “consciencia individual”, pues todos los modos de comunicación que he mencionado (y existen más, como describiera de forma deliciosa el etólogo Karl von Frisch, premio Nobel de Fisiología en 1973, (The Dance Language and Orientation of Bees, 1967) configurarían un lenguaje tal y como Dennett lo describe a nivel praxiológico y sobre todo evolutivo, si bien el aprendizaje e interacción con el medio no sería la fuente principal del mismo, sino una determinación genética (supuesta por el momento, pues los actuales avances en genética conductual  no nos permitirían afirmaciones tan contundentes, excluyendo el aprendizaje por completo); lo que es obvio es que determinado genéticamente o con cierto componente aprendido, el lenguaje descrito es, ciertamente, un lenguaje, como lo es la comunicación cromática interespecífica entre sepias y otros animales capaces de alterar instantáneamente su colorido a través de sofisticadas tinciones y variedades de colores mediante sus células cromatóforas, lo que no podríamos calificar como un mero conjunto de señales aisladas en momentos diferentes (primer sistema de señales de Pavlov). Este es actualmente un tema muy controvertido en teoría de la comunicación.

 

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La hipótesis que expondré aquí, ancla sus raíces en la indisolubilidad de la unidad psicofísica de acción del ser humano. Es decir, somos un ente inextricablemente compuesto por dos procesamientos aparentemente distintos, pero indisociables: el inconsciente (que la investigación neurocientífica nos ha mostrado ampliamente y con evidencias incontestables, que supone más de un 90% del total de la actividad psíquica, lo que es imprescindible para la supervivencia, ya que si tuviéramos que conducir el coche, la bicicleta, nadar, caminar… y realizar todo tipo de rutinas absolutamente necesarias  para la vida cotidiana conscientemente, muy pronto nos iría la vida en ello) y la consciencia de sí, que solemos llamar la consciencia. Esta realidad, y precisamente a guisa de los experimentos de Libet et al. ya mencionados, la ilustra concisa y expresivamente el conocido neurólogo portugués, afincado en EEUU, Antonio Damasio, profesor de Neurociencia y Psicología de la Universidad del Sur de California, donde dirige el Brain and Creativity Institute, y cuyos libros han sido superventas por su claridad, profundidad y certera comprensión del ser humano. Tacha de “superficiales e injustificadas” las conclusiones que algunos quieren sacar de estos experimentos. “En primer lugar, no se pone en tela de juicio ni la realidad del procesamiento inconsciente ni el hecho de que pueda ejercer control sobre el comportamiento individual. Y no sólo eso: este control inconsciente es algo realmente de agradecer, puesto que de él sacamos ventajas tangibles…En segundo lugar, los procesos inconscientes están, en una parte sustancial y de diversas maneras, sujetos a un control y a una orientación consciente. Dicho con otras palabras, hay dos tipos de control de las acciones, uno consciente y otro inconsciente, pero el control inconsciente puede ser configurado en parte por el control de la variedad consciente.” (Y el Cerebro creó al Hombre, 2010).

 

La cita, si bien extensa, zanja por completo la falaz argumentación de que “si las acciones se inician inconscientemente, antes de que seamos conscientes de ellas, queda descartada la volición consciente, y por tanto el libre albedrío”. Y, desde mi punto de vista, no es preciso aludir, tal como prefiere Damasio, a dos distintas instancias de control, el consciente y el inconsciente, sino concebir al ser humano como un complejo unitario de instancias (niveles de procesamiento y ejecución). Esta concepción no es nueva, y la hallamos en las geniales intuiciones de Sigmund Freud, que sin llegar a conocer los avances y hallazgos de la modernas neurociencias y psicología cognitiva, concibió ya en 1900 (La Interpretación de los Sueños) al ser humano como una unidad en la que residían instancias y procesos diferentes, con demasiada frecuencia enfrentados, hecho éste que motivó prácticamente toda su investigación psicoanalítica.

 

Así, configuró el aparato psíquico o estructuración del psiquismo humano, de dos diferentes maneras (J. Laplanche y J-B. Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis, 1996) o concepciones topológicas (alusión o metáfora de instancias o lugares. En su primera tópica concibió la psique (mente) humana como estratificada en tres capas o niveles, el inconsciente, el preconsciente y el consciente. El inconsciente, nivel más profundo e inaccesible, se hallarían los deseos, vivencias, sentimientos, y recuerdos que han sido reprimidos por el individuo, o bien que simplemente no tienen acceso al nivel consciente, sino sólo en ocasiones a través de cierta emergencia sólo temporal al nivel preconsciente, instancia ésta próxima a la consciencia pero fugaz y en cierto sentido imaginativa (sueños lúcidos, fantasías , etc). Tanto el preconsciente como el consciente, en última instancia, estarían gobernados por lo que él llamó el principio de realidad; el inconsciente estaría sujeto al principio del placer. Pero a raíz de la publicación de su obra (El yo y el Ello, 1923), cambia su tópica de “estratos” por una, más elaborada, concibiendo el aparato psíquico como lugar de cohabitación  inextricable de tres “instancias”, el Ello, el Yo y el Superyó. El Ello sería lo instintual, heredado e innato, inconsciente, las pulsiones y deseos reprimidos, lo que denominó “el núcleo de nuestro ser”; El Superyó sería lo cultural, lo impuesto por la autoridad (paterna o establecida), la moral y lo que en definitiva habita en nosotros como resolución del complejo de Edipo (Electra); y el Yo sería la instancia mediadora entre las dos anteriores, tendente, en la medida de lo posible, a la consecución del placer y un cierto status quo, conciliando las tendencias y pulsiones del Ello con las imposiciones y exigencias socioculturales y morales del Ello. Estas instancias no están separadas ni son independientes por completo, sino que se hallan indisolublemente unidas, insistió repetidamente, configurando, en una constante lid (cuyas fricciones tendrían por consecuencia las neurosis, objeto principal de su estudio psicoanalítico) y movimiento, la estructura del psiquismo humano. Y comparó tal estructura psíquica a un gran iceberg, la gran mayoría del cual, sumergido, sería inconsciente, mientras que sólo una pequeña parte (del Yo y del Superyó), permanecería oscilante en la superficie, no siempre con la misma configuración. Esto, claro está, es una breve descripción simplificada de la concepción freudiana del aparato psíquico (recomiendo la obra reseñada y el ensayo Esquema del Psicoanálisis, obra postrera de 1938, donde especifica con más madurez y concreción la compleja dinámica interactiva de su segunda tópica).

 

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Arribamos así a dos conclusiones que, desde mi punto de vista, y siempre eventualmente (en el estado actual de conocimientos), zanjan el tema del libre albedrío en el ser humano. En primer lugar, hemos de concebir la actividad psíquica, o podemos decir el procesamiento de información previo a la toma de decisiones y la ejecución de éstas, como dimanante de una compleja actividad neural que el ser humano ha desarrollado en el transcurso de la evolución como la mejor respuesta a los ecosistemas con los que ha ido interactuando. Pero es ilusorio concebirla como algo compartimentado y ejercido por “instancias” independientes (consciente, inconsciente, etc.). Lejos de ello, existe una “unidad de trabajo” en interacción con el medio,  tanto interno (sensaciones, emociones,  percepciones cenestésicas y cinestésicas y todo tipo de aferencias sensoriomotoras provenientes del interior de nuestro cuerpo) como externo (percepciones sensoriales y respuestas al medio exterior). Esta “unidad de trabajo” responde unas veces (la mayoría) inconscientemente, por un simple ahorro de energía de transmisión sináptica, y otras conscientemente, justo cuando el medio o la tarea lo requiere. Este modo unitario de trabajo ya fue anticipado por el neuropsicólogo Donald Hebb al enunciar el concepto de “asamblea de neuronas” en su influyente obra Organización de la Conducta de 1949; más recientemente Francis Crick y Christof Koch propusieron el concepto de “coalición neural” (2003), que posteriormente lo amplió Stanislas Dehaene con su teoría del un “espacio de trabajo neuronal global” (la Conciencia en el Cerebro, 2014).

 

Así, existe una unidad inherente a la actividad del sistema nervisoso en su conjunto, que incluye al encéfalo y todas sus aferencias y eferencias neuropsinápticas. Y estos procesamientos, procedentes y elaborados en diferentes estratos o instancias neurales,  implican una “libre elección”, si bien muy condicionada y constreñida por los condicionamientos psicofísicos y comportamentales que el medio impone. Por ello, y es la segunda de las conclusiones,  es preferible hablar de “grados de libertad” en vez de “libre elección” o libertad, término éste que puede llevar a enredos filosóficos (epistemológicos) y a no poca cantidad de engaños. Antonio Damasio, director del Instituto del Cerebro y la Creatividad en la Southern University en California, en su último libro, se refiere explícitamente a estas limitaciones: “Si te sientes hambriento y sediento, ¿tienes libre voluntad para no beber o comer? Eres un sirviente o un seguidor de esos sentimientos homeostáticos que están ahí para protegerte de no hacer lo adecuado para seguir vivo. Al revés, cuando estamos a gran altura en nuestra creatividad tenemos momentos de libre voluntad.” (Sentir y Saber, 2021).

 

El ser humano, como tan certeramente expresó Ortega y Gasset, es él y sus circunstancias (“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.” (meditaciones del Quijote, 1914), y estas circunstancias son a veces obnubilantes ad extremum a nivel psíquico, como pudiera ser el desorden neuroquímico que en psiquiatría se conoce como el trastorno esquizofreniforme (esquizofrenia), que comprometa al individuo de total manera. Y así diferentes trastornos psicóticos y neuróticos, que restan “grados de libertad” crecientes al sujeto, hasta llegar a carecer de control sobre sus estados mentales. En mi práctica profesional, valorando discapacidades psíquicas, como la discapacidad mental, la demencia y todo tipo de trastornos psíquicos, para obtener valoraciones cuantitativas de minusvalía, he tenido ocasión de observar un muy amplio gradiente de restricción de esos “grados de libertad”, pudiendo comprobar en algunos casos, la práctica carencia de “libertad” que algunos individuos altamente afectados sufren en sus actividades de la vida diaria (AVDs). No es este el lugar de ejemplificar tal gradiente de minusvalías o hándicaps psíquicos, valga aludir a algunas parálisis cerebrales o severas esquizofrenias que mentalmente anulan prácticamente al individuo que las padece.

 

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Podemos concluir, tras lo expuesto, que resultaría de todo punto inconcebible:

 

  • Primero: que existiera una disociación y funcionamiento separado y ajeno entre los procesamientos conscientes e inconscientes. O dicho de otro modo, que cada instancia neuropsíquica fuera “por libre”.
  • Segundo: que no existiera una unidad de trabajo, donde todos los procesamientos neurales convergieran en una “unidad de acción” (excepción de estados mentales disociativos como ocurre en la esquizofrenia y otras psicosis).
  • Tercero: que las acciones, pensamientos, voliciones, etc. producto de tal “unidad de acción” sean del todo deterministas, carentes de “grados de libertad” que pudieran dar operatividad a lo que conocemos por libre albedrío. En palabras del neurocientífico cognitivo francés Stanislas Dehaene, “Gracias a esta arquitectura de espacio de trabajo, de manera arbitraria puede darse nuevo curso a cualquier cosa de la cual seamos conscientes… que así se vuelve sujeto… de nuestro próximo acto voluntario”.
  • Por fin, como hemos expuesto, no es en lo absoluto acertado argumentar, como algunos neurocientíficos han hecho, que el cerebro actúa antes de la volición consciente (libre albedrío), ya que los exhaustivos experimentos de Aflalo et al. vienen demostrando desde el 2015 precisamente lo contrario.

 

En definitiva, negar la libre elección o voluntariedad sería algo así como denegar a Beethoven la capacidad de crear y estructurar libremente los compases de su Himno a la Alegría, en su gloriosa novena sinfonía, o a un Miguel Ángel sustraerle su capacidad de elegir los severos rasgos del rostro de su David. Sólo hay que escuchar la música gloriosa del primero o contemplar absortos la imagen esculpida del segundo, y recordar la frase de Diógenes de Sinope “el movimiento se demuestra andando”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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