¿HAY VIDA DESPUÉS DE LA VIDA? Posibles Formas de una Existencia Postmortem

Hace ya unos cuarenta años que escribiera dos libros sobre el tema de la posibilidad de una existencia postmortem. Lo hice desde la perspectiva del legado de la psychical research anglosajona, la metapsíquica francesa, y la moderna parapsicología, así como con mi propia investigación sobre las llamadas OOBEs (out-of-body experiences, o experiencias extracorporales o fuera del cuerpo) y las ECMs (experiencias cercanas a la muerte), éstas últimas, cuya incidencia se ha evaluado en al menos un 20% de los sujetos retornados,  recientemente han sido contempladas por la neurobiología y la psicología clínica, ya que siguen desconcertando a mentes inquisitivas (véase el trabajo del cardiólogo holandés Pim van Lommel, desde una aventurada perspectiva de la física cuántica cercana a tesis espiritualistas, Consciencia más allá de la Vida, 2011), si bien dentro del marco del paradigma científico reduccionista en el que la ciencia ancla sus coordenadas. Más adelante abundaré en la propuesta de éste último.

 

Otros menos aventurados, como el neurocientífico Chris Timmerman, que dirigió una investigación en el Imperial College of London, en la que experimentó con alucinógenos como la DMT, comprobando, no para su asombro -pues ya se habían detectado aumentos de la actividad en ratones moribundos en el 2013, en la Universidad de Michigan- que los sujetos experimentales relataban experiencias muy similares a las que relatan los individuos que experimentaron una ECM, es decir, aumento de la actividad global del cerebro, con aumento muy significativo de ondas gamma, incluyendo la sensación de «trascendencia del tiempo y el espacio», y «sensación de unidad con personas cercanas e incluso con seres espirituales», todo ello con un sentimiento de gran paz y tranquilidad. También se observó que regiones como los lóbulos temporales mediales (áreas relacionadas con la memoria, el sueño y el aprendizaje) también estaban sobreexcitadas.  Timmerman concluye al respecto: «es factible que en algún momento nuestras técnicas de imágenes cerebrales lleguen a ser tan avanzadas que podamos leer la mente de las personas para que nos acerquemos a comprender cuáles son los mecanismos cerebrales que sustentan estas experiencias tan extraordinarias e inusuales» (DMT models the Near Death Experiences, Frontiers in Psychology, 2018)

 

Aquí, cuarenta años después, y sin que hayan cambiado las conclusiones a las que llegaba, ni los temas que traté, quiero ahora hacer una incursión en tan ancestral y configurante evidencia para el ser humano a nivel antropológico y existencial como es su propia muerte, esta vez más breve pero actualizada con la nueva luz de los conocimientos alcanzados en ciencias como la física, neurología, e incluso disciplinas como la filosofía. (El sagaz y creativo paleontólogo y biólogo, desaparecido en 2002, Stephen Jay Gould, dejó bien explícito en varios textos que “un cerebro grande nos permite aprehender… lo inevitable de nuestra propia mortalidad”). Y de ahí, del desconcierto y desazón ante el cuerpo sin vida del semejante, el ser humano consciente de sí mismo ha urdido toda una suerte de osadas propuestas e hipótesis (conjeturas) sobre los posibles más alláses. De este modo se expresa al respecto el iniciador de la antropología social, B. Malinowski, en su obra Magia, Ciencia y Religión ( 1948), «De todas las fuentes de la religión, la suprema y final crisis de la vida. esto es, la muerte, es la que reviste importancia mayor. La muerte es la puerta de entrada al otro mundo en un sentido que no es sólo el literal… una gran parte de la inspiración religiosa, por no decir su totalidad, ha sido derivada de ella;». La importancia de las concepciones sobre la suerte póstuma del hombre ha esculpido los frontispicios de civilizaciones (La Epopeya de Gilgamesh o la Búsqueda de la Inmortalidad, en el Imperio Acadio, El Libro de los Muertos Egipcio en el Imperio Medio, el Hades en la Grecia preclásica, El Libro Tibetano de los Muertos en el Tibet mahayámico, y un extenso etcétera para cada una de las culturas que en los cinco continentes han existido). Así que, tan crucial en la existencia humana como hace cuarenta años, paso a analizar, y me atreveré a evaluar, no sin ciertos resquemores, las aparentes alternativas postulables de algunas

 

POSIBLES FORMAS DE UNA EXISTENCIA POSTMORTEM

 

  • El Yo es tan sólo una mera ilusión creada por la actividad consciente de nuestras redes neuronales trabajando; cuando dejan de hacerlo (coma, sueño profundo, anestesia, etc.), tal Yo se desvanece. Así nos lo muestra la neurociencia actual (D. Eagleman, M. Gazzaniga, S. Dehaene, etc. por citar a algunos de los más destacados neurocientíficos que han estudiado el fenómeno de la consciencia in extenso, y para los de habla hispana pueden escuchar dos recientes charlas muy elocuentes y contundentes al respecto, La Ilusión del Yo, por el químico y divulgador científico César Tomé López u otra del mismo nombre por el neurofisiólogo malagueño Francisco J. Rubia (ambas se pueden escuchar en YouTube), o adentrarse en el libro del último citado, El Fantasma de la Libertad: Datos de la Revolución Neurocientífica, 2009). De modo que no puede existir continuidad alguna para una mera ilusión. Sólo cabe, pues, la disolución y dispersión de nuestro continente psicofísico tras el tránsito que llamamos vida. Nos aguardaría una inexistencia, simplemente la nada. Así concluye el físico Sean  Carroll, miembro de SFI Fractal en su modelo de la teoría cuántica de campos  conocido como Teoría del núcleo, pues la información configurada en la mente de una persona está codificada en los átomos de su cuerpo, y no puede haber continuidad de tal mente después de la muerte, ya que no existe mecanismo físico para que esa información se reconfigure tras la disolución de las partículas elementales que componen los átomos del individuo. Personalmente No creo que sea así exactamente, ni la hipótesis más probable, por lo que luego propongo.

 

  • Si algo contiene nuestro cerebro, el soporte último vital de nuestra existencia, es información. Como argumenta el físico, profesor de la Universidad de Oxford, Vlatko Vedral, “El Universo y todo lo que contiene puede entenderse en términos de información. Nosotros mismos somos información”, y existe cierto consenso entre los físicos y teóricos computacionales sobre la idea de que la información dentro de un sistema físico no se destruye, sino que puede experimentar determinadas transformaciones. Stephen Hawking concibió los agujeros negros en estos términos. Y esto nos recuerda fuertemente la Ley de la conservación de la energía (ésta, en un sistema cerrado, ni se crea ni se destruye en un sistema cerrado, sólo se transforma). Así es que debemos concluir que, tras nuestra muerte, la información contenida en nuestro cerebro y genoma se disgregará, ya que tal información, en última instancia, radica en nuestras células, moléculas y, en última instancia, en las partículas elementales de nuestro organismo. Y una vez que éste se disgregue, la información que contengan acabará esparciéndose por el sistema cerrado que suponemos que es el universo en que habitamos y nos habita, al azar, sin extinguirse.

Algo muy similar proponen el reciente premio Nobel Sir Roger Penrose en colaboración con el médico anestesista Stuart Hameroff en su teoría conjunta (propuesta) Orch OR (Orchestrated Objective Reduction). Y pienso que esta posibilidad es la más probable. Aventurado ya es conjeturar que si hay un ciclo infinito de universos, como el propio Penrose especula en su CCC (Cosmología Cíclica Conforme), alguna vez, en la infinitud del tiempo y los eones (Penrose) esa información pudiera volver a configurarse de algún modo, contrariamente a lo que concluye Carroll.

Y aquí quizás cabría la intuición del Eterno Retorno de Nietzsche, quien en 1882, en su obra La Gaya Ciencia, escribe: “…el universo debe atravesar un número calculable de combinaciones en el gran juego del azar que constituye su existencia….En el infinito, en algún momento, todas las combinaciones posibles deben haberse convertido en realidad alguna vez; y no sólo eso, sino que deben haberse convertido en realidad un número infinito de veces.”  Y aún más aventurado y especulativo sería, atendiendo a la Teoría M de cuerdas, concebir toda esa información (nuestro ser consciente) como un haz coherente de cuerdas, vibrando en una determinada frecuencia, dentro de una 3-brana, en un universo-nbrana, ininteligible a nuestro entendimiento, del que formásemos minúscula parte.

 

  • La disolución o incorporación de nuestra consciencia o, si preferimos (llamémoslo ego), en una Entidad o Ser Consciente de un orden superior, presumiblemente creador o hacedor de universos, en concreto del nuestro. Un ente metafísico, entendiendo por metafísico que se rige por otras leyes físicas distintas a las conocidas por el momento, y que existe por sí mismo, independiente de las dimensiones materiales espaciotemporales que conocemos en la actualidad. Es lo que propone, de forma poética o literaria, el sufismo y el hinduismo advaita, con las conceptualizaciones del faná o el estado de No es algo descartable intelectualmente, pero obliga, necesariamente, a preguntarse en qué estado o dimensiones de existencia habitaría tal hipotético Ente. Por supuesto que esta última hipótesis queda fuera de toda evaluación posibilista.

 

  • Otra perspectiva es la que plantea Van Lommel en sus artículos y libro citado. Apoyándose en su extenso estudio de las ECM (Experiencias cercanas a la Muerte) y en el hecho de que durante un paro cardíaco (él es un reputado cardiólogo) la red de centros cerebrales colaborativos funcionales que constituyen el prerrequisito de la consciencia no está activada y permanece eventualmente desconectada del tronco encefálico, postula que los recuerdos, identidad, pensamiento y emociones pueden ser experimentados independientemente del cuerpo en la experiencia extracorporal que supone la ECM. Y basa su afirmación en la continuidad de la consciencia en un espacio no local. Tal espacio no local alberga una consciencia infinita sin base biológica. La consciencia, dice Lommel, engloba el espacio no local, y tanto mi consciencia como la de usted engloban todo el espacio. De hecho, cada parte de su consciencia abarca todo el espacio, puesto que cada parte de infinito es el infinito en sí mismo. Por esta razón, concluye, estamos obligados a considerar seriamente la posibilidad de que la muerte, al igual que el nacimiento, no sea más que un simple tránsito de un estado de consciencia a otro, y que en vida el cuerpo funcione como una interfaz o una caja de resonancia. De tal modo, nuestro cuerpo y cerebro serían una mera interfaz (transceptor, en su terminología), a través, precisamente, de la glándula pineal (como ya conjeturara Descartes), entre esa consciencia infinita y el mundo material que conocemos. Así “los campos electromagnéticos del cerebro no son la causa, sino mas bien el efecto o la consecuencia de la consciencia infinita” (op. cit). Igualmente, el ADN de cada célula de nuestro cuerpo, ejercería, afirma Lommel, como interfaz mediante un proceso de resonancia nuclear. Ahora bien, reiteradamente reconoce que la observación y comprobación de su propuesta es, por definición (dice), imposible, ya que no hay una base biológica para la consciencia infinita, ubicada en un espacio multidimensional no local, donde el pasado, o el futuro, están interconectados, y la comunicación con sus eventos es inmediata, así como el acceso a toda la información almacenada en él.

Estos postulados evocan las conceptualizaciones decimonónicas del esoterismo tradicional que dieron cuerpo teórico a la Teosofía (Blavatsky, Besant) o el rosacrucismo (Heindel), extraídas del hinduismo vedanta y occidentalizadas con conceptos como el Plano Astral, Causal, Mental, etc., en los que el ser humano habitaría en vehículos de consciencia propios de tales planos de existencia, y a lo que, en la misma línea teosofista,  el filósofo y pianista Ervin László da una reinterpretación en varios de sus libros, incluyendo el campo Akásico (otra herencia vedanta) (véase, p.e., La Experiencia Akásika, 2009, o La Mente Inmortal: la ciencia y la continuidad de la consciencia más allá del cerebro, 2014). En el caso de van Lommel o M. Beauregard ((The Spiritual Brain: How Neuroscience is revealing the Existence of the Soul, 2007), la concepción es muy semejante, solo que argumentada en términos extraídos de la moderna neurociencia o física cuántica. Personalmente, no pienso que aporten nada decisivo, si bien son sugerentes sus argumentos.

 

  • Una suerte de continuación de nuestra existencia terrenal, reencontrándonos con seres queridos tras traspasar una especie de túnel tras el cual la luminosidad, paz, y sentimiento de felicidad son inefables, tal como parecen indicarnos los relatos de los supervivientes a la muerte en las llamadas ECM (Experiencias Cercanas a la Muerte). Al respecto, como ya dije tras analizar decenas de tales experiencias, no creo que se refieran realmente a una existencia postmortem, ya que en realidad tal definitiva circunstancia de facto no hubo acontecido. Por otra parte, aunque existen varias coincidencias en cuanto a las circunstancias relatadas, analizadas en conjunto emergen diferencias sustanciales (dependiendo de la cultura, idiosincrasia, etc. del sujeto), sin olvidar el considerable porcentaje de experiencias de matiz macabro o terrorífico. No creo que estas experiencias que algunos hombres y mujeres experimentan aporten mucho sobre lo que pudiera esperarnos tras el inescrutable velo de la muerte.

 

  • Nuestra mente, consciencia o principio identitario pasaría a habitar otro vehículo de consciencia más sutil, no físico (o al menos no regido por las leyes físicas que conocemos) ni biológico (insisto, no tal y como conocemos la ciencia de la vida animal). Esta es la propuesta de algunas corrientes hinduistas y, especialmente, del esoterismo occidental –que desde el S.XVIII bebió de sus fuentes- representado por la francmasonería, el espiritualismo, rosacrucismo, etc. Estaríamos refiriéndonos al cuerpo astral, mental, causal… Personalmente, tras haber estado investigando en el campo de la Parapsicología durante más de doce años, y habiendo tenido sobradas ocasiones de contactar con seguidores de estas creencias, no he hallado ningún indicio racional de sus conjeturas.

 

  • Reencarnar en otro cuerpo retoño, para volver a comenzar de nuevo, bien en su versión puramente animista primitivo, como en sus escritos nos describen tan amenamente los antropólogos culturales (de campo) James Frazer, Bronislaw Malinowsky, Claude Levy-Strauss entre otros. Es una creencia ancestral en los anales animistas de la humanidad, que llega a su sublimación en el hinduismo brahmánico y en el budismo (rueda de las encarnaciones para purificar el karma y alcanzar el moksha en el nirvana)–en el budismo es más compleja la conceptualización, pues se concibe, en el máximo estado de iluminación, como un sunyata (vacío, no-yo, estado exento de agregados).

 

  • Y llegamos a la conceptualización budista más sublime, la experiencia del sunyata (vacío o vacuidad, un no-yo, estado exento de agregados, entre otros el ego). Sería el destino último del ser iluminado . El Buda histórico nos introduce este concepto con su más transcendental frase, desde mi punto de vista: “Sabbe sankhara anicca…Sabbe sankhara dukka… Sabbe Dhamma anatta. (Todos los fenómenos condicionados son impermanentes… Todos los fenómenos condicionados comportan dolor… Todos los dhammas (mundos) carecen de entidad, son no-yo, sin ego), Dhammapada, 277-9”. Y en esto último también converge el taoísmo con su concepto del Tao, en su acepción de flujo (cambio) eterno que se manifiesta a través del chi, sinónimo de impermanencia, en continua mutación (en el Tao Te King se puede leer, «con el permanente no-ser se contempla la esencia escondida» (del Tao)). Al respecto sólo disponemos de la palabra del Buda o la intuición metafísica de Lao Tsé, transmitida por sus discípulos y continuadores. Es una concepción no evaluable si no es con la propia experiencia en el caso del Sakyamuni, cosa, claro está, que puede requerir de muchas encarnaciones cumpliendo con los requisitos de tal meta; o bien de por sí, y no sabría decir cómo.

 

  • Arrostrar un juicio presidido por un dios judeocristiano, conminados a premios o castigos de acuerdo con nuestra conducta y acciones en la vida que acabamos de abandonar. No le concedo eventualidad o posibilidad alguna, pues contraviene las normas más elementales del sentido común, que es lo único que nos puede guiar en cuestiones alejadas de la experimentación y falsación científica. Y espero que no se molesten los cristianos, judíos o mahometanos, pues tal creencia carece de lo que los filósofos llamarían coherencia interna, cualidad que sí ostentan otras conceptualizaciones, especialmente la filosofía budista o taoísta. Estas últimas se basan en la experiencia de personas que lo han experimentado o intuido (Buda, Lao Tse), mientras que las religiones judeocristianas se asientan en revelaciones interpretadas a posteriori o en la fe, respetable pero desnuda de argumentaciones.

 

  • Hallarnos, de alguna manera y condición, ante un Ser Supremo, incausado, y primera causa del universo en que vivimos, cuyo contacto…no tenemos ni idea (incomprensible e inimaginable). Esta posibilidad, exenta de matices o contaminaciones religiosas creadas por la mente y necesidad humana, nunca es descartable, pues no es descabellado imaginar que seamos piezas de un inmenso ajedrez cósmico en el que un jugador pudiera hacerse trampas al solitario… Pero siempre cabría preguntarse por el motivo de tal juego, y sobre todo, por el espacio en que tal Ser desplegaría su acción (energía potencial (Él), convertida en cinética (universo y…nosotros)).

Y en este escenario tan indescriptible, cabe la siguiente argumentación filosófica. Asumiendo una Causa incausada como origen del universo, ya que la Física ante el momento anterior al Big Bang calla –por hablar en términos espaciotemporales, que nos son familiares-  por falta de modelo explicativo alguno, ni siquiera hipótesis, pues es incapaz de responder a la pregunta ¿por qué hay algo en vez de nada?, asumiendo tal Causa incausada, decíamos, ese Ser necesariamente habría de ser consciente (Consciencia de Sí), con un deseo de manifestarse y/o actuar, con una Voluntad para realizar ese deseo, diseñar un plan de acción, tener capacidad para llevarlo a cabo, y por fin crear un universo, que muy presumiblemente, llevara ingénito, desde el mismo momento de la transformación de la energía potencial en cinética, la capacidad de originar vida, y más aún vida con autoconsciencia (ser humano), consciencia de sí, precisamente el mismo atributo que hemos conferido a esa Causa incausada. Mas qué destino nos otorga a nosotros, los humanos, con nuestra recién adquirida autoconsciencia evolutivamente hablando, esa Causa incausada, tras la desaparición del soporte neural de nuestra autoconsciencia. Esa es la Gran Pregunta, el mysterium tremendum que los latinos llamaban a este confín. ¿Permitirá tal Ser Supremo que nuestras consciencias y/o entidades se diluyan en una eterna inconsciencia?, ¿preferirá que transmigren a nuevos cuerpos para su perfección y eliminación de adherencias e impurezas (rueda kármica)?, o qué… Lo que es seguro es que nuestro yo o personalidad, fraguada en esta existencia, desaparecerá.

 

  • Acabar reseteados como un programa ya inútil, o reciclados por un programador de una civilización mucho más avanzada que la nuestra. Es la hipótesis del “universo simulado”, avanzada por el filósofo Nick Bostrom (Superinteligencia, 2014) y posteriormente por algunos físicos relacionados con la computación cuántica. Sería algo así como adelantó Descartes con la figura cuasimaligna de su daimon, al igual que el genial Sócrates en otro sentido. Actualmente hay físicos computacionales que evalúan esta posibilidad en un 50% al menos. Yo no lo creo, por la absurdidad que entraña, como ya manifesté en la sección de CONCLUSIONES: ¿UNIVERSO SIMULADO?…¡NO!

 

  • Y es en el contexto de una civilización increíblemente más avanzada, en la que el procesamiento de la información ha alcanzado niveles inimaginables, en el que el polémico físico Frank J. Tipler, construye su Teoría del Punto Omega (el término lo toma del filósofo cristiano Teilhard de Chardin). Muy brevemente (se puede ver en castellano su libro La Física de la Inmortalidad, Alianza Universidad, 1996), Tipler postula que una Superinteligencia, descendiente de la especie humana -él no cree que la consciencia haya evolucionado al nivel de la consciencia sino en nuestro planeta-, evolucionará hasta el punto (Omega) de llegar a ser omnisciente y omnipotente debido a su inmensa capacidad de procesar información. Y esto sucederá cuando, en las postrimerías de un Big Crunch -ya que Tipler supone que la masa crítica de universo será suficiente para revertir el proceso que actualmente observamos de expansión acelerada-, cuando para continuar teniendo el control nuestros descendientes habrán de adaptarse a unas condiciones extremas de gravedad y temperatura, transfiriendo sus mentes a softwares configurados con partículas subatómicas, con lo que se abrirá ante ellos un tiempo subjetivo virtualmente infinito. Y disponiendo de tal cantidad de tiempo, inevitablemente harán simulaciones, con su inmensa capacidad computacional, de todo lo que ha existido antes de su desaparición como homo sapiens, es decir, como hacen nuestros arqueólogos contemporáneos, esos seres querrán saber todo sobre sus orígenes previos a haber abandonado sus cuerpos biológicos. Así que nos recrearán de nuevo (resurrección) virtualmente, con tanta exactitud que será indistinguible de lo real. Tipler dice que tal cosa no ha sucedido aún, esto es, que vivimos en un mundo real, pues esos seres omniscientes y omnipotentes, también serían compasivos y poseedores de una ética perfecta y no permitirían en sus simulaciones las desigualdades, injusticias, guerras, sufrimiento, etc., a las que estamos desgraciadamente tan acostumbrados. En fin, según él será «El Paraíso». «Nuestro destino, dice en su libro, es morir y luego despertar en una simulación indistinguible del paraíso judeocristiano… aunque hayan transcurrido trillones y trillones de años desde nuestra muerte en la Tierra hasta nuestro renacimiento en las proximidades del Punto Omega… Desde nuestro punto de vista muestra resurrección se producirá instantáneamente» (la negrita es mía).

Estas especulaciones de Tipler han sido duramente criticadas por sus colegas, y simplemente las han tildado de pseudociencia espiritualista. Realmente así se nos aparece, pues han de  cumplirse condiciones por el momento impensables, como la reversión del proceso expansivo del universo, nuestra soledad en el cosmos como seres conscientes, la posibilidad de un tiempo  subjetivo infinito en las inmediaciones del punto Omega, la virtualidad de la resurrección computacional, etc. De cumplirse éstas, todas y cada una, pues… tiempo al tiempo.

 

  • En definitiva, lo que pervive tras tu muerte física es la Vida, muy probablemente hasta el final del tiempo, pues ésta habrá alcanzado habilidades de supervivencia inimaginables por ahora, que le permitirán sobrevivir más allá de la expansión del universo (energía oscura) o de su contracción final en un Big Crunch (en el caso de una masa crítica gravitante compatible con la fuerza de la gravedad). Que algo de tu actual consciencia pudiera incorporarse a tal proceso de desarrollo de la Vida o no, es, de nuevo, un mysterium tremendum. 

 

La poesía nos ha dejado páginas sublimes sobre el anhelo de transcendencia a la muerte. Recordemos a ese hombre tan humano, que tanto supo elevarse de las Hojas de Hierba, donde gustaba reposar y escribir:

¿Crees que caminaría con agrado y bien dispuesto hacia la aniquilación?…
¡Juro que creo que no existe nada más que la inmortalidad!

 

Y en otro poema (Canto a mí mismo, VI)

Todo progresa y se expande, nada se desintegra,
Y morir es distinto de lo que uno se imagina, y más afortunado.

 

Otros escritores, también preclaros, como Dostoyevski, se lamentan de un destino inmortal.

«La eternidad se nos presenta siempre como una idea que no podemos aprehender, como algo enorme, ¡enorme! ¿Por qué tiene que ser enorme? Imagina por un momento una pequeña habitación, como la de una casa de baños del campo, sucia, con telarañas en las esquinas, y que eso es toda la eternidad. ¿Sabes que a veces me la imagino así? (dice Arkadi Svidrigailov, en Crimen y Castigo)

 

Otros muestran un eclepticismo calmado hacia la muerte y su destino. El genial y lúcido J.L.Borges nos dejó escrito:

«Yo no temo a la muerte. No le temo ni me entristece… Si tengo suerte seré aniquilado, borrado totalmente, y si no, si hay otra vida, la aceptaré como he aceptado ésta. Peor que ésta no será. Hasta puede ser mejor. No sabemos nada, pero podemos pensar que hay una aventura más allá de la muerte». (de La Última Conferencia, transcrita por Juan Carlos Dido)

 

 Así es que, de nuevo, nos hallamos frente a un límite del conocimiento, que no podemos transgredir, en nuestro estado actual de conocimientos, ya que, como todos sabemos (o debemos saber), nadie ha vuelto de este viaje para contar lo que sucede. Por el momento sólo podemos especular. Mas, como he argumentado en otra entrada de esta Sección, SIEMPRE HABRÁ UN ALGO. La nada no puede existir ni en la Naturaleza ni en el Universo o Cosmos, así es que, tras la muerte de nuestro soporte físico «no podemos» ir a un lugar que, según las leyes de la física,  no puede existir… algo de nosotros perdurará (transformado), y la inconsciencia pudiera tener secuelas. Carl Sagan dejó dicho «somos polvo de estrellas», y quizás seamos parte del polvo con el que se formarán otras estrellas, lunas y planetas. No sabemos, nadie lo sabe; decantarse por una u otra alternativa sólo sería consecuencia del paradigma en que queramos encastrarnos, pero es propio del estado evolutivo (autoconsciencia) de nuestra especie indagar, incluso allá donde las luces de método científico no alcanzan a alumbrar, por el momento. Por el momento… «Le don de vivre a passé dans les fleures» (El Cementerio Marino, Paul Valéry).

 

 

 

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