SIMPLEMENTE, NADIE LO SABE

Al respecto del origen último y primigenio de todo lo que existe, del cosmos que observamos, de la vida que nos habita, de nosotros mismos como seres conscientes, sólo pueden existir dos alternativas. Las expondré muy brevemente –en realidad muchas digresiones sólo serían variaciones sobre el mismo tema, y no precisamente como J.S.Bach las concibiera en sus variaciones Goldberg, sino mucho más monótonas y repetitivas.
La primera de ellas, la que configura el paradigma científico reductivo dominante,  nos induce a la creencia de que somos (y todo cuanto observamos y percibimos) producto del absoluto azar necesario, en el sentido que magistralmente dio a ambos términos Jacques Monod en su obra El Azar y la Necesidad (1970), es decir, tras de un acontecimiento azaroso que se produjo en unas concretas circunstancias en un estado inicial primordial de un cosmos que aún estamos lejos de comprender, se desencadenaron necesariamente una serie de eventos regidos por leyes físicas, que asimismo estamos aún muy lejos de comprender, y que, como resultado final (por el momento) ha ocasionado, precisamente, que estemos aquí, hablando de ello.
Fluctuaciones cuánticas al azar en un campo, el llamado campo inflatón, ubicado en el único espacio existente en un pre-universo, ya que el universo que conocemos nació, precisamente, en el Bang (expansión) del llamado Big Bang. Tales llamadas fluctuaciones cuánticas se produjeron en un falso vacío del campo inflatón, que para alcanzar su estado de equilibrio, es decir, el vacío real, no tuvo más alternativa que liberar su energía inicial (potencial), una inconcebible enorme expansión conocida como inflación cósmica, generando a inimaginables temperaturas (1032 grados) campos energéticos y las correspondientes partículas asociadas a ellos que, tras atravesar el campo de Higgs, adquirieron masa, los denominados por el físico teórico Paul Dirac fermiones, sometidos al principio de exclusión de Pauli, que conforma la materia bariónica de la que estamos hechos, nosotros y todo lo observable –excepto los fotones y gluones, que carecen de masa.
Surgen aquí muchas cuestiones, claro. Mencionaré sólo algunas de las más ostensibles prima facie, y grosso modo. En primer lugar, el evento de la fluctuación cuántica, que necesariamente sucederá siempre en todo campo-espacio según el principio de indeterminación de Heisemberg (el valor de un campo de fuerza no puede ser cero en todos los puntos del espacio), ¿fue un evento único, puntual, o es algo “necesariamente” común en ese campo inflatón pre-universo, es decir, es único nuestro universo o existen y/o se crean constantemente universos (teorías del multiverso1), cada cual con unas leyes y estados físicos aleatoriamente diferentes?. En segundo lugar, es del todo justificado preguntarse ¿dónde se hallaba ese espacio pre-universo donde se supone se alojaba el campo inflatón, causante del Bang del BB?. Por último, en este breve desiderátum, como todos ya sabemos desde el 2012 tras el hallazgo en el CERN del bosón de Higgs, que confirmó lo adelantado en 1964 por este físico y otros, la existencia de tal campo confiere masa a las partículas elementales que conformarán hadrones que nos conformarán a nosotros y todo lo material. Hasta aquí todo muy bien, pero ¿de dónde “salió” ese campo sin el cual no estaríamos aquí escribiendo con un teclado material…¡que oportuno! Temas como el de la proporción materia-antimateria en el universo primigenio, la desproporcionada insignificancia de la materia bariónica normal frente a la materia oscura, al igual que el origen y función cósmica de la energía oscura, etc., desbordan este breve comentario.
Dije antes que el paradigma reductivo dominante induce epistemológicamente a la “creencia” -porque a la postre sólo es tal- en un absoluto azar necesario, si bien ésta se halla investida con todas las togas de que la ciencia actual dispone, eso sí, con muchos remiendos, parches, zurzidos, saltos equilibristas en un rellano de escalera nada seguro, y meras suposiciones teoréticas necesarias sustentadas con el siempre necesario arquitrabe matemático ad hoc, como cada buen especialista en su campo bien sabe y gusta frecuentemente enfatizar abiertamente (no es este el lugar para citas de cosmólogos, investigadores del origen de la vida o estudiosos del fenómeno de la consciencia, al respecto de sus dudas y manifiestas limitaciones, tan sólo remitiré al lector a un reciente artículo del físico, astrofísico y asesor de cosmología de New Scientist y divulgador Marcus Choown, publicado el 15/04/2021 en BBC Science, y que titula Cómo nuestra comprensión actual del universo es en verdad “una admisión de nuestra ignorancia”), o cabe mencionar la conclusión del filósofo nacionalizado norteamericano Thomas Nagel, profesor de filosofía de la Universidad de Nueva York y defensor de un ateísmo excluyente2, al respecto del paradigma reductivo evolucionista “no hay disponible ninguna explicación viable, siquiera especulativa, de cómo un sistema tan increíblemente complejo funcionalmente y rico en información como una célula auto-replicante… podría haber surgido por la sola evolución química de un medio ambiente muerto.(Th. Nagel, La Mente y el Cosmos, 2014)
En resumen, en un espacio-campo pre-universo preexistente, unas necesarias (principio de indeterminación) fluctuaciones a nivel cuántico, movimiento en definitiva, alterando la energía mínima (basal) del punto cero (energía del vacío en teoría cuántica de campos) compelida a restituir su estado inicial, pues con la inestimable ayuda de un campo inflatón dan origen a ¡un universo!, el nuestro, el que mal o bien y con tantas limitaciones percibimos, y donde hemos evolucionado de algo que emergió de lo inerte y que llamamos vida, hasta llegar a cuestionarnos de que va todo esto. E independientemente de los cuestionamientos que a la lógica sobrevienen, a nadie se le escapa que nos hallamos ante un recurso ad reductio circular, es decir, un espacio-campo preexistente origina otro(s),… en fin, ¿dónde está o estaba –si pensamos que la flecha del tiempo tiene algo que ver en este asunto-  el huevo del que gloriosamente emergió la primera gallina…? Nadie lo sabe.
La otra alternativa, porque no hay más, es más breve de exponer –no entrando en detalles, que no son el objetivo de este escueto trabajo-. Todo lo que percibimos –y no alcanzamos ni de lejos a atisbar- es obra, designio o diseño (sueño o quimera, como algunas religiones poéticamente describieron el “mundo”), de un hacedor, que pudiera ser un dios (Dios en las religiones monoteístas); un ingenioso ingeniero 3 de diseño cuántico de un futuro más o menos lejano cuyas simulaciones pudieran ser tan, tan sofisticadas y perfectamente pixeladas que nos sería completamente imposible apercibirnos de habitar realmente en una de ellas, al igual que un programa (pues tal conjunto de algoritmos es lo que, en definitiva podríamos ser) no puede salir de un videojuego; un ensayo o experimento realizados por un ser o seres cuya existencia e intenciones nos son absolutamente desconocidas y ajenas; un campo de cultivo o experimentación genética evolutiva de entidades que, igualmente,  nos son absolutamente desconocidas; o cualquier otra forma de vida teleológica (que posee un fin, una voluntad, un propósito que ignoramos al completo) en una(s) dimensiones que nos son ajenas y que, por el momento, no se nos ha hecho patente, es decir, que no hemos tenido constancia demostrable alguna al respecto.
Incluso, cabe mencionar en este grupo de alternativas algunas conjeturas, muy bien armadas conceptual y teóricamente, que provienen del campo de la observación científica, en esta ocasión, astrofísica y neurociencia de consuno. Recientemente el astrofísico F. Vazza y el neurocirujano A. Feletti han presentado una sugerente comparación estadística (The Quantitative comparison between the Neural Network and the Cosmic Web, Frontiers of  Psyics, 2020) detallada del conectoma del cerebro humano y la red cósmica de filamentos y nodos, hallando similitudes objetivas sorprendentes, tanto en lo que a estructura conectiva se refiere, como a las magnitudes implicadas (el cerebro cuenta con unos 70 mil millones de neuronas, mientras que el universo observable tiene una red cósmica de unos 100 mil millones de galaxias). Otro investigador, V. Vanchurin, físico y cosmólogo de la Universidad de Minnesota, va aún más lejos, sugiriendo que podríamos vivir y formar parte de una red neuronal universal (The World as a neural Network, arXiv, 2020). Y menciono estas aventuradas incursiones entre los límites de la imaginación y el cálculo algorítmico, para señalar otra posibilidad en lo absoluto desdeñable, es decir, que vivamos y formemos parte de un Ser inconcebiblemente grande y supremo, así como una neurona forma parte de un complejo conectoma y, del mismo modo que una neurona no puede ser consciente de su exacto lugar y función en el cerebro, así nosotros nos sería imposible ubicarnos en tal colosal Ser supuestamente consciente.

 

o o o O o o o

Ambas alternativas están completamente abiertas. Nadie puede descartar “nada”. Sólo la fe en el actual estado de conocimientos de las ciencias4, o la fe religiosa o metafísica, o cualesquiera otra creencia puede decantar a cada cual a sentirse integrado y/o representado en cualquiera de los modelos apuntados.
En resumen, y en el actual estado de conocimientos, falsables o demostrables de que la ciencia dispone por el momento: simplemente, nadie lo sabe.

 

 

 

 

 

 

1 Para un acercamiento al concepto de multiverso y sus posibles manifestaciones, ver Brian Greene, La Realidad Oculta, Universos paralelos y las profundas leyes del Cosmos (2011); y John D. Barrow, El Libro de los Universos (2011). El propio Stephen Hawking consideró seriamente tal concepto en su última publicación con Th. Hertog  (A smooth exit from eternal inflation?, SpringerLink 2018). Incluso en nuestro propio universo, como adelantó Kurt Gödel, pueden existir propiedades globales extraordinarias que no se manifiestan localmente en lo que podemos observar y comprender desde nuestra posición en el sistema solar (K. Gödel, Reviews of Modern Physics (1949).
2 Lo que, ciertamente, conlleva una creencia o fe, ya que, como veremos más adelante, en el estado actual de conocimientos, cualquier hipótesis está abierta; “nada” es descartable si no es con argumentos contundentes y demostrables, cosa que no es el caso.
La redundancia, claro, es adrede.
4 Apostaría a que el actual consenso bien pensante será risible en una generación o dos, aunque por supuesto pueda ser sustituido por un nuevo consenso que sea tan poco válido como él. La voluntad humana de creer es inagotable. (Th. Nagel, La Mente y el Cosmos (2014).

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