SOBRE EL LIBRE ALBEDRÍO Y LOS PENSAMIENTOS

Especialmente en solitario, nuestro cerebro tiende a hilvanar pensamientos. A diferencia de la actividad neuronal por defecto (default) que postuló el neurólogo Marcus Raichle (La Red Neuronal por defecto, Investigación y Ciencia, 2010), en la que nuestro cerebro desarrolla una gran actividad conectiva (redes neuronales) pero nosotros nos hallamos como ausentes, idos, en Babia (en argot popular), en estado de vigilia activa, nuestro cerebro es un hervidero incesante, y a veces irrefrenable, de pensamientos y representaciones mentales –y, paradójicamente, gasta mucha menos energía que en el estado anterior.

 

Algunos pensamientos son espontáneos y asaltan nuestra mente de forma azarosa e inopinada. Probablemente emerjan del inconsciente, que realmente rige en más de un 90% nuestro funcionamiento cerebral. O quizás sean el producto de una necesidad trófica del propio cerebro, es decir, una necesidad de estimulación, autógena en este caso, derivada de un estado de arousal o excitación cortical, ocasionado por la activación del Sistema Reticular Ascendente del tronco del encéfalo. En todo caso, somos meros espectadores, más o menos activos tras su aparición en el escenario mental.

 

Otros pensamientos son hilvanados conscientemente por redes neuronales quizás predispuestas morfológicamente por previas experiencias, percepciones, sensaciones o emociones. O por una supuesta entidad yoica (mente o consciencia) teleológica, es decir, capaz de ejercer un libre albedrío y pensar por sí misma con un fin determinado. Y aunque el tema del libre albedrío es ampliamente debatido en neurociencias, como enfatiza David Eagleman, “En el momento actual, la neurociencia todavía no ha ideado un experimento perfecto que descarte la existencia del libre albedrío… La buena noticia es que la inmensa complejidad del cerebro significa que, en realidad, no hay nada predecible.” (The Brain, The Story of You, 2015).

 

En todo caso, ¿qué o quién teje esos pensamientos?, ¿qué voluntad finalista alienta o mueve esa mente o consciencia?.  Mucha tinta especializada se ha vertido al respecto; citaré sólo dos aproximaciones (hipótesis) al respecto. A finales de los 90 Francis Crick y Christof Koch aludieron a una coalición neural ganadora como garante de una representación consciente (pensamiento), es decir, un conjunto concreto de redes neuronales se alzaría con una propuesta de pensamiento, que sería la que emergería a la consciencia. Antonio Damasio prefiere hablar de zonas de convergencia, donde muchos módulos convergerían en una única representación coherente, creando las condiciones para un único estado de consciencia , que se diferenciaría e integraría configurando un pensamiento consciente.

 

En cualquier caso, queda completamente abierta la cuestión del motus o voluntad finalista del responsable último del telar del pensamiento… pues, que sepamos, los tapices no se tejen por sí mismos, sin una voluntad, una finalidad, un previo diseño o idea, y unas manos que hábilmente manejen el telar. Es así que ya no tenemos suelo que pisar. Las neurociencias comienzan a fabricar constructos, entretejiendo áreas y redes neurales… pero el piso es simplemente hipotético, y el suelo completamente inestable. Por ejemplo, el neurólogo A. Damasio atribuye la formación de pensamientos a centros de los sectores más altos de la corteza, especialmente en la corteza prefrontal, y a determinadas zonas del lóbulo temporal anterior, el lóbulo parietal inferior, y cierta región de la línea media llamada precúneo. Todas estas regiones enviarían y recibirían numerosas proyecciones desde y hacia una amplia variedad de regiones cerebrales distantes, lo que permitiría a las redes neuronales allí ubicadas integrar información, pudiendo converger en una única interpretación coherente. El resultado sería un todo integrado, una comunicación global que crearía las condiciones para el surgimiento de un solo estado de consciencia, que inmediatamente se diferencia e integra: sería un pensamiento.

 

Bien, aquí este insigne neurólogo nos describe una posible base neural estructural, si bien no demostrada como realmente operativa en toda circunstancia y aparición de un pensamiento –ello resultaría ser una terea más que difícil con los medios de que dispone la moderna neurociencia-. Habría otros sustratos neurales estructurales al respecto, casi tantos como neurocientíficos han abordado el tema. Mas es sólo la “estructura”. A partir de ese constructo volvemos a estar sin suelo que pisar, pues el paso de la “estructura” a la “función”, es decir, al mecanismo funcional generador de pensamientos, la función de generar pensamientos y representaciones mentales, es realmente abismal.

 

Ya lo es en el caso de la audición o la visión, por ejemplo: conocemos con bastante exactitud y precisión los mecanismos neurológicos que intermedian entre la simple recepción de impresiones lumínicas por parte de los fotoreceptores, conos (unos 7 millones) y bastones (unos 120 millones), con sus correspondientes rodopsinas y opsinas (proteínas específicas sin las cuales sería imposible captar la luz, y que se precisan, en complejísimos ajustes, en número de hasta cerca de 2 millones de opsinas por cono de nuestra retina, y las áreas de proyección de la corteza visual. La estructura y la función están en el caso de la visión definidas con bastante precisión, si bien quedan muchos aspectos aún por elucidar. Pero el acto de la visión, la multiplicidad de formas, en perspectiva, profusamente coloridas y en movimiento que vemos, en fin, la reconstrucción que nuestro cerebro hace de “la realidad”, es realmente sorprendente. Si, realmente sorprendente: algo así como sacar un conejo de la chistera, vivito y coleando con su gracioso rabito. Tenemos una chistera y dentro todos los componentes del conejito, huesos, carne, piel, sangre y linfa… y a nivel molecular. Pero de tal conjunto de oligoelementos, proteínas, células de todo tipo y función, etc., a un conejo de brillante colorido, asustado, vivaz y dispuesto a salir corriendo… Pero este es otro tema.

 

Nos habíamos parado en la función responsable de la generación y dinámica del pensamiento (los pensamientos). Por el momento es un enigma para la neurociencia. Es decir, el paso de la estructura (supuesta por el momento) a la función, y de ésta al pensamiento, con sus mil entresijos y complejos vericuetos, obliga a los especialistas del cerebro a dar pasos sin suelo, con el problema añadido de que, mientras que un sonido o imagen reconstruidos por nuestro cerebro, aunque intangibles, son evaluables, una representación mental o un pensamiento, con sus intrincadas derivaciones heurísticas, saltos temáticos, añadidos y decursos temporales, resulta absolutamente inasequible a la aprehensión o seguimiento formal, y muy alejados del método experimental. Algunas investigaciones han abordado con cierto éxito la transducción de pensamientos verbalizados mentalmente por pacientes con ELA u otros tipos de parálisis miotróficas o ciertas epilepsias, mediante un algoritmo llamado “vocoder”, que puede sintetizar palabras (parecido al Siri de Apple), llegando a afirmar (N. Mesgarini, 2019) que, mediante un implante “los pensamientos de estas personas pueden ser descifrados y entendidos por cualquier oyente”. Esto es alentador, si bien, claro está, los “pensamientos” a los que tal experimentación atiende son, por decirlo de algún modo, icónicos, una suerte de segundo sistema de señales pavloviano, y no complejas elaboraciones. De todos modos, volvemos a quedarnos en los márgenes del río. En una orilla una supuesta estructura neural responsable de conectar redes neuronales que generarían pensamientos, y en la otra un pensamiento verbal, o más bien una verbalización mental que no puede externalizarse por hallarse inhabilitadas las áreas responsables de la producción de lenguaje (área de Broca et al.) y de la fonación misma. En medio fluye un río, donde se nos escapa el motus, la voluntad, y la propia función del pensamiento consciente.

 

Y el motus, la voluntad de ejercer la función, y el cómo y cuando ejercerla, necesariamente ha de corresponder a un desencadenante. ¿Es ese desencadenante con un motus, voluntad y teleología propia, un “ente” (consciencia) individual, con capacidad de libre albedrío, o es producto de la respuesta a estímulos internos y/o externos mediada por la experiencia, el aprendizaje y la adaptación al medio, a nivel tanto epigenético como genético (evolutivo)?

 

Esa es la piedra angular de la neuropsicología. Según concibamos tal cuestión,  posicionaremos al ser humano, conceptual y praxiológicamente, como un autómata biológico producto de la evolución de las especies (neodarwinismo), eso sí, muy complejo, ciertamente; o bien como una entidad individual,  mediada por la experiencia, la epígenética y la genética, pero poseedor de un libre arbitrio, capaz de generar libre y espontáneamente pensamientos propios y de llevar a cabo los mismos mediante actos voluntarios, aunque siempre, claro está, condicionados por los innúmeros condicionamientos que la realidad, a veces terca y cruel, inmisericorde nos impone.  Y sobre esto, uno de los más sublimes poetas-filósofos de todos los tiempos, dejó esculpido señero su pensamiento:

«Caminante, son tus huellas

el camino y nada más.

Caminante no hay camino;

se hace camino al andar.

Y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino

sino estelas en la mar.»

Antonio Machado (Campos de Castilla, Proverbios y Cantares, 1912)

 

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.